Estos son solo algunos de mis cuadros, de los que conservo sus fotos, muchos están adornando lejanos hogares, hay varios más que no me quedó ni el boceto, pero por ahí están, solo espero que los tengan bien cuidados.Mientras en mi caballete, siempre tengo uno o dos a medio pintar.
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sábado, 27 de junio de 2015
Mis óleos
Con la pintura no busco experimentar abstracciones ni copiar tendencias que no me llegan pero respeto; solo intento pasar un buen rato, a veces días, a veces meses, en una tarea que me gratifica plenamente como es la pintura, tanto al óleo como al acrílico u otros mediums.
Estos son solo algunos de mis cuadros, de los que conservo sus fotos, muchos están adornando lejanos hogares, hay varios más que no me quedó ni el boceto, pero por ahí están, solo espero que los tengan bien cuidados.Mientras en mi caballete, siempre tengo uno o dos a medio pintar.
Estos son solo algunos de mis cuadros, de los que conservo sus fotos, muchos están adornando lejanos hogares, hay varios más que no me quedó ni el boceto, pero por ahí están, solo espero que los tengan bien cuidados.Mientras en mi caballete, siempre tengo uno o dos a medio pintar.
domingo, 26 de agosto de 2012
Memorias desde mi caballete
Como ya comenté en
un post anterior, mi pasión por pintar corría junto al del dibujo que en
aquellos años estudiaba en La Escuela Panamericana de Arte sus cursos por
correspondencia (década de 1960).
Junto a dos amigos de mi infancia: Ramón Alvarez y Alfredo
Della Santa, intercambiábamos información sobre los grandes pintores, sus
obras, sus técnicas y así nos nutríamos del arte, hurgando en la vieja
biblioteca del pueblo y comprando, cuando se podía, “La Pinacoteca de los
Genios” que nos ponía delante de nuestros ojos, el colorido y la belleza de los
cuadros de los grandes maestros.
Eso nos incentivaba a pintar. En los ratos
libres, los fines de semana, o de noche, alumbrado con pálidas lámparas (lo que era contraproducente
porque nos cambiaba el color) pintábamos y soñábamos en exponer algún día. Pero
¿dónde? Si en nuestro alejado pueblo no teníamos una galería ni un local que
vendiera cuadros.
¡Entonces se nos ocurrió algo! Buscaríamos un lugar y haríamos
una exposición. Fuímos a hablar con el director del Liceo, ya que sabíamos que
tenía como hobby la pintura y le planteamos la idea: una expo al fin de los
cursos para que no interfiriera con las clases y por supuesto contábamos con
sus cuadros para engalanar la muestra.
Aceptó inmediatamente
porque los tres lo habíamos tenido de maestro y profesor en la Primaria y
Secundaria y sabía quiénes éramos.
Entonces nos
abocamos a preparar más pinturas, porque a pesar que todos teníamos cuadros
pintados, nos parecía que debíamos dar más para la primera EXPO.
Lo primero que pinté
fue mi caballo -el modelo estaba frente a mí -, ya que lo tenía en mi casa y aprovechando una foto de una
laguna, la utilicé como fondo. Mi cuadro mostraba al caballo cruzando una
laguna poco profunda, chapaleando agua. Como no tenía tela, lo pinté sobre
cartón al que preparé con una imprimación.
Uno de mis amigos, Alfredo, cuyo padre
tenía un taller, hacía sus propios bastidores y telas, por lo que, pagándole
unos pocos pesos por el material, me hizo tres cuadros, uno de los cuales lo
empleé en pintar a mi madre.
Todavía la recuerdo, adormeciéndose y preguntando
si faltaba mucho, porque tenía que hacer las cosas de la casa. Cuando lo vio
terminado no quedó muy satisfecha. Me dijo que no se le parecía, aunque yo creo
que sí y hoy siento mucho que no lo tenga, porque cuando hice la imprimación para la
tela, usé mucha cola de pescado que cuando se secó, torció el bastidor porque la
madera era de sauce sin haberse completado su secado y no resistió la tensión. No pude exponerlo y al
final quedó en un galpón contra la pared.
Un accidente arenoso
Pero el caso más
sonado (y que recuerdo con mucha bronca por lo perdido) fue cuando fui a pintar
un paisaje directamente del natural. En los alrededores de mi pueblo, por
aquellos años cuando todavía los silos de las multinacionales y las cerveceras
no se habían instalados, había muchos lugares casi salvajes con mucha
vegetación junto al río Uruguay, y la flora se veía al lado de los caminos,
junto a hermosos y canoros pájaros.
Daba ganas de pintarlo todo. Un sábado por
la tarde, junto a mi amigo Della Santa, con nuestros pinceles, pomos de óleos y
demás implementos, salimos rumbo al campo. Yo en mi bicicleta y él en su
motito.
Nos metimos en un
campo, cerca de una laguna, desde donde se veía el río a la distancia. La tarde
muy soleada con blancas nubes que pasaban lentamente daba una completa
composición para hacer un buen cuadro, así que ni lerdos ni perezosos, cada
quién se puso a la tarea. Había que pintar rápido, a “la prima” porque todavía
las tardes eran de poca luz y en pocas horas, oscurecería.
El resultado de mi
pintura me satisfizo porque logré lo que buscaba: un paisaje con árboles, el
cielo con algunas nubes y a la distancia el río, que brillaba con el reflejo
del sol. Así que esperé que mi amigo diera los últimos toques a su cuadro y
juntando todo, monté en la bicicleta y rumbeamos para el pueblo.
Allá todas las
calles eran de tierra, y en algunos lugares para tapar pozos, habían volcado
arena de la playa y como yo llevaba mi cuadro colgando al costado de la
bicicleta, los rayos de la rueda trasera volaban la arena del camino que iba
directo a pegarse a la pintura fresca.
Sólo al llegar a mi
casa me dí cuenta que estaba todo estropeado mi pequeña obra de arte, así que
no tuve más remedio que tirarla porque ya no servía par nada, solo el bastidor
que lo utilicé para aplicarle otro lienzo y volver a pintar otro motivo. Los
temas con paisajes los volví a pintar muchos años después tomando todas las
providencias. Como vivo en la capital, cada vez que viajo a mi ciudad tomo
fotos que luego las uso como modelos para mis cuadros. Así estoy seguro que la
arena no me perjudicará más ningún cuadro. Pero ahora el dibujo de historietas y las ilustraciones no me permiten dedicarme a la pintura que para mí, resulta un remanso de paz. Es inenarrable la sensación de plenitud que da pintar envuelto en una buena música.
domingo, 21 de agosto de 2011
Cuadros al óleo
Este es mi hobby preferido.
Si tuviera que
definirme en lo profesional, diría que primero soy pintor, luego dibujante,
aunque toda mi carrera la hice dibujando, porque en mis comienzos la pintura
tuvo un efecto magnético sobre mis deseos y fue lo que primero hice. Tal vez
por imitación, porque mis tíos maternos eran todos pintores aficionados y
alguno, escultor. Por la desgracia de ser una familia numerosa y pobre, ninguno
de ellos cumplió sus aficiones, cosa que yo he hecho y creo que les pagué la
cuenta con eso.
Dos de mis tíos: Mario
y Antonio, llenaban cuadernos con dibujos a lápiz y coloreados con lo que
tenían a mano, podía ser acuarelas o crayolas o lápices de colores. Antonio
hacía pequeñas esculturas derritiendo plástico (y plomo también) y volcándolo
en un molde previamente hecho. Luego lo alisaba con una escofina o lija,
dándole la textura necesaria. Miguel hacía esculturas partiendo de un armazón
de hierro al que le agregaba portland amasándolo manualmente hasta formar la
figura. Generalmente eran bustos de hermosas mujeres que luego completaba con
pinturas al aceite.
Rodolfo tocaba el
violín y la pianola y ejecutaba obras de consagrados y también alguna de las
suyas. Bernabé cantaba y tocaba la guitarra junto con Luís. Era una familia a
la antigua, cuyos antepasados habían nacido en Río Grande do sul, donde
trabajaban la pólvora, apelativo que se ganaron: ellos eran De los Santos
Correia, pero les quedó de apellido Pólvora y así me llegó a mí también,
después del italianísimo Geninazzio heredado de mi abuelo, que de artista no
tenía nada, por ser un simple contadino venido del norte de Italia, del lago de
Como, a principio del 900.
Mi madre me contaba
que a los tres años yo copiaba las figuras de los envases y luego los coloreaba
con algunos pocos lápices de colores que me regalaban mis tíos.
En primaria la
maestra me pedía ilustraciones sobre cuentos que ella leía, pero mis compañeros
no sentían envidia alguna. Eran otras épocas y estábamos en el interior del
Uruguay. En Secundaria no me gustaba el dibujo técnico y siempre buscaba hacer
ilustraciones o”naturalezas muertas”, ante la ofuscación del pobre profesor que
no me veía involucrado en su clase. Sólo cuando empezamos con los pasteles
(colores) me emplée de lleno y subí las notas.
En las tardes iba a
la Biblioteca del pueblo a buscar libros de arte y los devoraba, estudiando las
técnicas de Da Vinci, Michelangelo, Goya, Fragonard, Cezanne, en fin, el que
pudiera encontrar en aquella escuálida biblioteca.
Como no tenía para
comprarme óleos y pinceles, usaba pasteles y acuarelas. Le llené las paredes a
mi casa con cuadros (pájaros, flores, paisajes) porque estaba apoyado por mi
madre, mi padre tení pensado otro futuro para mí que no era ni el dibujo ni la
pintura precisamente…
Cuando salí de
Secundaria y empecé a estudiar dibujo, seguí pintando y junto con dos amigos de
mi edad, nos propusimos formar un grupo de pintores y lo llamamos: “Grupo
Torres Leiva” en homenaje al fundador de nuestra ciudad. Con unos cuantos
cuadros (ya pintados al óleo porque había podido comprarlos) hicimos una
primera exposición en el Liceo, cedido gentilmente por su director que también
expuso sus obras junto a las nuestras.
Fue un suceso ya que era la primera vez
que sucedía algo parecido y nos llenó de orgullo. Aunque al mes siguiente me fui
de la ciudad a empezar mi carrera de dibujante, mis amigos siguieron con las
exposiciones ¡por 20 años más!, pero en la sala de un club deportivo que
mediante un alquiler, la cedía una semana en octubre.
Yo seguí pintando,
pero ya como hobby y porque me “calmaba”. Es una eficiente terapia la pintura y
se la aconsejo a todos, aunque no sepan pintar.
Por supuesto que
tengo varias anécdotas sobre mis pinturas pero las dejo para otras entradas: "Memorias desde mi caballete"...
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