sábado, 29 de mayo de 2010

Memorias desde mi tablero

Escuela Uruguaya de Arte

Muchas personas me consultaron cuando trabajaba en El Día si sabía dónde se podía estudiar dibujo, para sí o para algún hijo que sufriera ese “defecto”, por lo que pensé que ya que en Montevideo no había una escuela dedicada al dibujo, salvo la eterna Continental, pero ésta había acumulado un cierto desprestigio que no me corresponde mencionar, podría fundar una.
Lo cierto fue que en 1976 lo hablé con mis colegas más próximos y luego de pensarlo, aceptaron la idea de formar una escuela de dibujo, como yo quería hacerla más trascendente la nombré “Escuela Uruguaya de Arte”, homenajeando a la Escuela Panamericana de Arte donde estudié.
Carlos Federici, Héctor Couto y William Gezzio

Gezzio, Lemos, Federici y Barreto
Los colegas fueron: Eduardo Barreto, Walter Lemos, Carlos María Federici, Héctor Couto, José Rivera, Angel Umpiérrez y el profesor (éste sí era en verdad profesor) Cecilio Stábile que se unió generosamente a la idea.
Aquí estoy en la parte de la sala de exposiciones del subte que me tocó en el reparto.

Barreto decorando con dibujos nuestros una pared de la escuela.

Al año siguiente, tuve la suerte de que Cinemateca había alquilado un piso en 18 de Julio casi Cuareim y como yo tenía amistad con uno de sus directivos: Juan José Ravaioli, me subarrendaron una parte para que diéramos las clases, con pizarrón y sillas incluídas.
Para potenciar la noticia y difundirla, hicimos una exposición todos los futuros profesores en la sala chica del subte municipal, lo que nos dio fuerte espaldarazo. Allí regalamos un modesto folleto 
(era época de vacas flacas y sin compus, se hizo en mimeógrafo).

 
Pero el primer objetivo estaba alcanzado y se inscribieron unos 25 o 30 personas para los distintos cursos.
Estos eran alumnos del curso de humorismo.
Y el 15 de marzo de 1977 arrancamos. El curso que tenía más alumnos fue el de Angel Umpiérrez  y el mío, luego el que daba Couto.
Pero como la cuota mensual que cobrábamos se iba en el alquiler, quedaba poco para dividir, así que cobraban Couto y Umpiérrez, a quién tenía que ponerle el dinero en el bolsillo porque generoso como era me decía que “él disfrutaba y que no debía cobrar”. Y era cierto que se divertía porque los alumnos me lo contaron, hacía dibujos, contaba chistes. Era todo un personaje. Los demás tuvimos que esperar, lo que molestó a alguno, pero se pensaba que en el siguiente año, nos íbamos a recuperar.
Antes que finalizara el ciclo lectivo, me llamaron de Cinemateca para decirme que debía pagar más porque como la escuela funcionaba bien, los gastos se habían ampliado. Me negué a gastar un solo peso de lo previamente estipulado, lo que los dejó con la sangre en el ojo y a finales de ese año, me avisaron que si seguíamos allí, el alquiler sería casi el doble, lo que no me dejaba margen para pagar a nadie.
Así que “tuvimos que bajar la cortina”. Nadie quiso arriesgarse a asumir un alquiler sin saber si con el alumnado podríamos pagarlo todo el año, yo tampoco.Pero en el 80 me llamaron de la Academia Sigma para dar cursos de caricaturas y humorismo y estuve cinco años con ellos. También dí clases sobre dibujo artístico e introducción a la publicidad. Pero como lo dije en otra nota, me ganó el cansancio y preferí seguir dibujando a dar clases.

jueves, 27 de mayo de 2010

Cuadritos en dictadura

Un dedo de historietas

En 1983, ya hacía varios años que El Dedo nos servía para descargar la bronca de estar dentro de una tormenta impuesta a un pueblo que no se lo merecía. Aunque varias veces intentaron clausurarlo –una edición quedó sin salir a la calle- El Dedo se mantenía con la constancia de su alma mater Antonio Dabezies, secundado por tanta gente que no voy a nombrarlos porque la memoria me juega malas pasadas y olvidaría algunos y sería imperdonable. Pero rescato a César Di Candia que de revistas sabe un montón.
Y los dibujantes queríamos hacer nuestras historietas, porque la pobre estaba tan enterrada que ya nadie le llevaba flores; así surgió la idea y con la imponderable ayuda y coordinación de un especialista como lo es el rosarino devenido montevideano Elbio Gandolfo, nos pusimos a la tarea de pergeñar un número que iba ser “gordo” y lleno de historietas uruguayas, hechas por uruguayos, valga la redundancia.

Como se leerá en el editorial, eso no fue posible por razones económicas, pero el “especial de historietas” salió a la calle. No tuvo la repercusión deseada porque el lector habitual de El Dedo (tenía tirajes de hasta 30.000 ejemplares y a veces más), no era lo que quería encontrar. El que compraba El Dedo buscaba la crítica y la sátira política y social “encubierta” y en las historietas no se podía hacer. No fue un fracaso, pero dejó un regusto a poco y no se siguió con las historietas. Siempre  ha sido así, siempre lo será. Los que gustamos de la historieta nacional somos tantos que cabemos en una mesa de dibujo…¡y sobra espacio!
El guión es de Elbio Gandolfo ("Eduardo Dolpher") y estas páginas, a pluma y pincel fueron las que me publicaron.El lettering es mío también.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Memorias desde mi tablero

Esta es la tapa de la primera. Me tomaron el pelo diciendo que había usadocomo modelo a Palito Ortega, pero eso no era cierto, el tipo quería cobrarme por la pose y lo hice de memoria, ¡jé!...

La Aventura Continúa
A fines de los 90 del siglo XX, of course, trabajaba en equipo con Rolando Salvatore y una mañana comenzamos a soñar en hacer una revista de historietas completamente uruguaya, pero de tal forma que evitara al distribuidor que se “come” más de la mitad del precio de tapa y no protege el trabajo uruguayo-por lo menos el que hacemos nosotros. Es obvio que otras revistas le dan más réditos y se dedican a ellas. Bien por ellos. Pero nosotros queríamos sacar un revista de historietas “de aventuras clásicas”. 
Y se llamaría “Balazo”.
 La historieta con la que habíamos crecido y la que más nos gustaba. Varios estaban “publicando” fanzines, pero el esfuerzo y el costo de las fotocopias terminó con todos. Nos propusimos imprimir la revista, así fue que Salvatore recorrió unas cuantas imprentas y yo otras, pero los precios de impresión, papel, tinta, etc. nos dejaban siempre debiendo dinero, aunque se vendiera toda la revista a un precio alto, lo que ya era un obstáculo.
No queríamos hacerla en fotocopias, el resultado no era bueno. No tenía “forma” de revista y además estaba el problema de ponerle los ganchitos que afeaba todo y no teníamos una máquina de ese tamaño. Además el precio total de las fotocopias se  disparaba demasiado para nuestros esmirriados bolsillos.
Entonces me llegó un email de un muchacho: Daniel Puch, que estaba en el diseño gráfico y había hablado previamente con Rolando, diciéndome que él trabajaba con una imprenta bastante artesanal y que estaban imprimiendo folletos y afiches a un precio accesible.
Le pedí que nos dieran un presupuesto para nuestra revista que ya Salvatore había hecho un “mono”-en nuestro léxico es el boceto previo o el armado de cómo puede ser la revista. En fin, al otro día me comuniqué con Rolando y fue a la imprenta y volvió loco de la vida porque el precio que nos dieron era como para empezar a publicar.
Pero, las quijotadas no suelen ser atendidas por nuestros hijos y señoras, y no podíamos gastar más de lo que ganábamos. Entonces a Rolando se le ocurrió hacer una cooperativa: así invitamos a varios colegas, que en la primera reunión nos pusimos de acuerdo no solo en colaborar gratis por la revista, con historietas y dibujos, sino en poner una parte de dinero de lo que costaba la primera edición, las otras se pagarían con lo recaudado de las futuras ventas, y así se repartieron tareas. 
Cooperativa del Comic, Ediciones "Los Mutantes"
Los primeros integrantes fueron Daniel González, Carlos María Federici, Rolando Salvatore, Daniel Puch, Pablo Dobrinin y Ernesto Cantonnet, yo y como invitado especial José Rivera, quien colaboró con las tiras de “Ismael”, mejor dicho: recortes de los diarios donde se habían publicado, ya que sus originales le fueron robados por un “vivillo” que se los llevó para vender en Argentina y nunca más volvió. Cuando tuvimos el primer ejemplar nos juntamos a festejar en casa de Salvatore y a “darnos con un hacha”. Todas las reuniones eran hipercríticas y algunos salíamos verdaderamente “mosqueados”, pero lo hacíamos en bien de la revista y de lo que creíamos. Allí se nos unió Alejandro Colucci, quien desde el número dos haría las tapas, salvo la 1 y 5 que hice yo, y la 6 y 7 que dibujó Federici.
Ahora había que buscar quien la vendiera. Así cada uno se hizo cargo de 15 0 20 revistas para empezar a colocar entre sus amigos y otros las llevamos a ver si podían venderlas en Mosca y Papacito. Allí se portaron muy mal. No la querían y se la tuvimos que dejar en consignación, pero eran difícil de ver por la gente, porque no la ponían a la vista, además el porcentaje que pedían no bajaba del 30 por ciento del precio de tapa, que era de $ 20.
Se llevó a Lecturas, a Librerías Palace, a Libros libros y al Rincón del Coleccionista, donde Mainero todavía debe tener alguna todavía.
Pero enseguida nos pusimos a hacer el segundo número, siempre buscando lo clásico de nuestra historieta: por eso se le hicieron reportajes escritos por Dobrinin: a Angel Umpiérrez, desconocido para las jóvenes generaciones, a Emilio Cortinas, a Eduardo Barreto, quien generosamente nos regaló una historieta especialmente dibujada para nosotros, escrita por Federici, a Celmar Poumé, y a Enrique Ardito. Se nos unió Diego Barizo con noticias sobre el comic mundial, y además teníamos las jugosas notas tan documentadas de "Golden Ch@t" a cargo de Federici, sobre la Edad Dorada del Comic Americano. En fin, tuvimos lo que habíamos soñado una mañana en mi oficina junto a Rolando Salvatore, pero la mala distribución –al no estar en los quioscos, la revista no se veía, y donde estaba, no le daban importancia –“¡es uruguaya,bah!”, excepto en el Rincón del Comic que estoy seguro la difundió verdaderamente, lo que le agradezco a Gabriel Mainero.
Como toda familia numerosa, agregado al problema que no nos quedaba ni para un café, se suscitaron los problemas humanos de siempre y Rolando se fue al entrar Ardito por sus razones privadas. Ardito no pudo publicar porque debimos cerrar la revista al llegar al 9. Ya era una estupidez pagar para dibujar. Pero “capaccio come sono io” aprovechando la imprenta, intenté dos más, pero de humor: Estado de Humor y Humornautas.
En Estado de Humor publiqué dibujos de Enrique Ardito, Cantonnet y míos y en Humornautas de Daniel Puch, Cantonnet, míos y un reportaje a Héctor Perry, por Dobrinin.
 La primera dio como para pagar los gastos de imprenta, pero la segunda me terminó de convencer de que lo mío no era ser editor en este lugar ni en este tiempo. Se me amontonaron las devoluciones en un altillo, donde duermen con las arañas, como heridas de una guerra fuera de lugar, pero nos quedó el recuerdo de haberlo intentado y hecho. Si no se logró más, no fue porque no lo intentamos, fue porque no nos apoyaron

martes, 25 de mayo de 2010

Memorias desde mi tablero


En 1963, recibí mi diploma de dibujante de la EPA, la Escuela Panamericana de Arte de Buenos Aires, y empezaba mi verdadero desafío. En Montevideo no había dónde publicar historietas, los diarios solo utilizaban material sindicado y hasta la revista Lunes había cerrado. El País tenía El Escolar ya en una etapa lamentable de lo que había sido cuando lo dirigía Di Candia y había tenido firmas como Emilio Cortinas, Omar Abella, Alberto Monteagudo,José Rivera, etc. Había reducido a la mitad del original (tamaño diario) que había creado el gran Emilio Cortinas, y José Lupinacci era el que hacía todo prácticamente.
De vuelta a mi ciudad de Nueva Palmira y a pesar de la negativa de mi madre que veía el peligro del ambiente político argentino, retorné a Buenos Aires, donde había vivido en el barrio de Pompeya, y fui a la Escuela, donde me llevé la primera decepción: de los 12 famosos solo quedaban solo sus nombres: Pratt había vuelto a Italia, Mottini a Brasil, Freixas a España, Domínguez había partido a EEUU, Roume andaba por Europa y Breccia estaba en otra escuela al igual que Pablo Pereira. Seguía Enrique Vieytes de director. La EPA tenía a un joven Carlos Garaycochea en clases de humor (yo lo había tenido a Narciso Bayón), Daniel Haup en historietas, además de Guillermo Dowbley y otros desconocidos para mí. Pero Dowbley me atendió muy bien y me envió a una agencia de otro de los profesores, quién me dio una tarjeta de presentación para las editoriales de Quinterno y Adolfo Mazzone.
En Quinterno me atendió un afable Eduardo Ferro, el creador de Langostino, que me puso al tanto de la decadencia de Patoruzú semanal y de Patoruzito, que ya daban las últimas bocanadas. Me dió un paseo por la empresa donde ví un gran número de dibujantes haciendo las páginas de dos tiras de esos personajes en la clásica forma americana: uno hacía el lápiz, luego pasaba al letrista y finalmente al entintador.
De todas maneras, Ferro me dió un guión “serio” sobre platos voladores para ilustrar que después salió publicado en un Patoruzito especial, donde se insertaban historietas rehechas de años anteriores con nuevas de dibujantes noveles como yo. No me dejaron poner la firma, tuve que firmar un contrato de cesación de derechos, pero el pago me lo hicieron con un cheque luego que se publicó. No era mucho pero la experiencia me sirvió. ¡Ya estaba en las grandes ligas!
En Mazzone me atendieron muy bien y mi dibujo humorístico me abrió las puertas de sus revistas –publicaban unos cinco títulos con los personajes de Adolfo Mazzone, quién me atendió en persona y hasta me dió una clase de cómo usar mejor la pluma…
Publiqué varias páginas de humor para “Loco Lindo” e historietas para “Cariseca”.
Siempre fui lector de las revistas de Columba y allí fui. Pero Antonio Pressa, que era el director de arte me dijo que ya tenían el plantel completo y sólo si yo seguía el estilo de uno de los consagrados de esa editorial podía quedar “a prueba”, por ejemplo a Dalfiume. Se pagaba por cuadrito, pero era demasiado poco para tanto esfuerzo, además no permitían firmar. El color lo ponían ellos, igual que el texto.Le dí las gracias y seguí viaje. Años después volví acompañando a Edurdo Barreto que se lo presenté a Pressa. Eduardo quedó incorporado siguiendo el estilo de Altuna.
No solo Columba pagaba tan poco, las otras editoriales también tenían esa “condición”,un consagrado podía cobrar hasta 20.000 australes por página, mientras el novato-con mucha suerte- andaría en los 400, lo que no me dejaba margen para vivir dignamente de mi incipiente profesión.
En Montevideo tenía tíos maternos y crucé el charco, hasta que una mañana llegué a El País, donde me atendió Lupinacci pero no había lugar para otro dibujante.Él dibujaba y armaba todo El Escolar. Me dijo que por qué no iba a El Día. Allí fui sin conocer a nadie y preguntando me dijeron que tenían un dibujante que hacía de todo y era José Rivera. De él había visto la tira Ismael y sus dibujos humísticos en Lunes con la firma de Zezé.También algunas tapas en El Escolar. Él trabajaba en horario nocturno y eran las 10 de la mañana recién.
Esa noche lo esperé hasta que apareció. Luego de ver mis dibujos y felicitarme por ellos, me dijo que el diario no necesitaba más dibujantes. No sé si al ver mi cara se apiadó que me dijo que habría una posibilidad muy remota de entrar, ya que él hacía años que no se tomaba una licencia, por lo que iba a conversar con la administración para que al irse él, yo pudiera entrar como suplente, pero que le diera unos días…
A la semana volví y Rivera me presentó al secretario de redacción Fernando Caputti, otra excelente persona, quién me atendió muy bien diciéndome que ya estaba enterado del pedido de Rivera y que habían hecho las gestiones en administración, por lo que yo debía hacer un mes de práctica junto a José para que éste me pusiera al tanto de lo que debía hacer. No sería pago, pero si quedaban conformes yo quedaría como suplente de Rivera y cobraría por dibujo publicado…El trabajo consistía en ilustrar un radiotelegrama humorístico que se publicaba en la portada del diario, luego hacer un dibujo caricaturesco sobre el hecho político del día, lo que debía leer toda la prensa diaria, además de retocar las radiofotos que eran transmitidas por distintas agencias y en aquellos años, venían todas rayadas y a veces no se veía ni la cara del personaje y había que retocarlo con tinta aguada y témpera blanca sin que se notara el emplaste. Era un trabajo de mucha paciencia, pero cuando hay “hambre no hay pan duro” y tuve que hacerlo con las indicaciones pacientes del buen Rivera, que se mandaba unos retoques que parecían ilustraciones hechas por él.
Y el 26 de diciembre de 1965 publiqué mis primeros trabajos en el diario y así durante un mes hasta que volvió Rivera. Pensé que ya me “volaban” y esa noche fui a despedirme, pero me dieron la buena noticia que si me interesaba podía quedar como suplente de Rivera, haciéndolo una vez por semana. No era mucho el pago, pero la cuestión era estar en un medio gráfico y El Día era muy prestigioso, así que acepté.
Al año siguiente apareció “El Día de los Niños”, pero pese a que yo ya me veía dentro del staff, ya había un estudiante de arquitecto con apellido de abolengo, y José Rivera que lo ilustraban.
Rivera se manifestó muy molesto y me dijo que él me había sugerido y mostrado mis ilustraciones, pero le dijeron que esperara, que el promitente arquitecto se iba en pocos meses y allí entraría yo. Y así fue. Y esa fue la mejor etapa de mi vida de dibujante, donde pude dibujar de todo y ser reconocido, e ir aprendiendo con iluminadas mentes que dejaron una huella indeleble en toda una generación.
Al pasar los años, volví varias veces a Buenos Aires, donde seguí colaborando con el nuevo Rico Tipo, que lo dirigía Mazza, en editorial Mopasa publiqué una historieta de un personaje “El Luchador”, sobre lucha libre,pero el problema era el cobro, porque se pagaba después que salía la revista y yo no podía viajar todos los meses, así que por dos veces firmé poderes a dos “amigos” que viajaron y me prometieron cobrar los dibujos. Nunca más cobré esos dibujos y mis amigos nunca me dijeron si llegaron a cobrarlos. En uno de mis tantos viajes, Manuel Ferrer, el creador de Anteojito me quiso contratar para integrar su equipo de animación-yo no quería pasarme la vida dibujando los dibujos de otros, quería hacer los míos, y le propuse mi personaje Bombón, a lo que me contestó: - Pero ¡ es negro!...
En Billiken me quisieron tomar para coordinar la revista, yo insitía en dibujar para la revista, pero ya estaba repleta de enormes firmas- estaban los Breccia y otros grandes. Me obligaban a mudarme a Buenos Aires y el sueldo era bastante bueno, pero yo tenía mi esposa y mi primer hijo y cuando vine a El Día a renunciar, me hicieron ver que era una locura y que acá me iban a poner en caja con un buen sueldo, a pagar las licencias, hogar constituído, aguinaldos,etc. (ya hacía 5 años que estaba en negro), y que me daban más trabajo, pero que no me fuera.
Por teléfono renuncié a Billiken y me quedé en El Día, pero eso es otra historia.
Lamento no poner dibujos que hice en Buenos Aires, pero con tantas mudanzas, se me extraviaron.  

De la patria vieja

Cuando se me vino la noche, había salido de un problema de salud, ya no dibujaba para Charoná, y estaba frente a las cartulinas en blanco todos los días, me junté con mi "alter ego" escritor: Omar de los Santos y dijimos que debíamos seguir haciendo historietas. Si se publicaban algun día, mejor, sinó, ¡qué importaba! Vivimos en un pequeño país y hay que disfrutar como se pueda y nosotros lo haríamos: haciendo cuadritos!. Me trajo unos cuantos guiones y le metí mano a este que me gustó: por su temática y su poesía.Cuando tuve Balazo lo publiqué y el círculo quedó cerrado.

lunes, 24 de mayo de 2010

Primera Muestra de la Historieta Uruguaya

Junio de 1972
Eran tiempos difíciles para los dibujantes. Pocos lugares donde publicar, pero como siempre fuímos cabezas duras, abríamos brechas en el desierto y cualquier papel era rápidamente dibujado. Pero ni nos conocíamos siquiera, salvo por las firmas en nuestros dibujos. Y en ese Montevideo tan lejano y ajeno, apareció un buen hombre, generoso a más no poder que quiso juntarnos a todos y luego trató de reunirnos bajo una asociación, tarea ímproba para orejanos como somos los dibujantes uruguayos, que estamos mejor solos que bien acompañados, rumiando nuestros sinsabores.
Aquél hombre fue Celmar Poumé, un enamorado del trazo de Fred Harman- el dibujante de Red Ryder-, y que había publicado su personaje vaquero, en un par de revistas de historietas  que dejaron un tendal de deudas,a fines del 60.
En la foto se ven de izquierda a derecha: a Sergio Bóffano, director de Charoná, Carlos M. Federici, escritor y dibujante: en aquel año resonaba su tira "Barry Coal" y ya tenía dibujada la splash page de "Dinkenstein"; el único de lentes soy yo, que tenía poco tiempo como profesional en El Día; a mi lado Angel Umpiérrez creador de la tira don Cristóbal y el cartoon "Las 7 semejanzas" , el recordado Celmar Poumé al centro, a su lado el genial José Rivera, Pedro Cano, y Leonardo Galeandro, que nos había hecho los retratos a todos y lucieron junto a nuestras obras.
Angel Rueco que dibujaba  "Carozo y Semilla" para la revista Charoná y un joven principiante que ya tenía un super héroe: "El Poderoso Halcón" en El Día de los Niños: Eduardo Barreto.
Años después, Celmar hizo otra muestra en  "El Anglo", pero solo con dibujos de José Lupinacci, de Umpiérrez, de él y  de su hijo y dibujos míos. La vida no le permitió seguir juntándonos y se fue con sus sueños, joven aun.Gracias, querido Celmar por lo que hicistes por tus colegas y amigos.

jueves, 20 de mayo de 2010

El caso del mamut siberiano

Sobre una noticia que leí en la "Corriere dei Piccoli", mi "alter ego" guionista: Omar de los santos, escribió esta historia que ilustré para la revista Balazo y que se publicó en dos partes.Por tema de tiempos, tuve que hacerla íntegramente a pincel, lo que me valió una crítica telefónica de un enojado lector, que le gustaba más mi estilo de pluma...En fin, gajes del oficio.


































jueves, 6 de mayo de 2010

Memorias desde mi tablero



 Una traviesa confusión
El diario El Día tenía en su tercer piso un bar comedor arrendado, donde se comía bien y barato y en mis primeros años como dibujante y viviendo en una pensión, me sacaba del apuro.
El problema era que el lugar era pequeño y había que compartir las mesas hasta con tres desconocidos sino no comías.
Aquél mediodía llegué temprano y me ubiqué a una mesa, pero enseguida se sentó una señora con su pequeño hijo. La señora era muy parlanchina y me indagó si yo era empleado del diario, qué se comía mejor, y cosas por el estilo.
Cuando le dije que era dibujante del diario, me preguntó qué dibujaba. Le contesté que en el diario y en El día de los Niños…
-¡Ah!-exclamó y mirando a su hijo dijo: saluda al señor. Es el que dibuja a Daniel el travieso, ese que tanto te gusta.
Por más que le expliqué que ese cartoon venía de EEUU y era dibujado por Han Ketcham, ella me siguió confundiendo y me decía que al chico le gustaba dibujar, si yo podía verle algunos dibujos. La sopa a la reina no la pude terminar y me despedí lo más cortés que pude y me marché escaleras abajo. ¡Confundir a Bombón con Daniel el Travieso!

Landrú me mandó a la guerra
Vivía en Buenos Aires y por las mañanas me dedicaba a recorrer oficinas de editoriales en busca de algun pedido para dibujar. Así fue que llegué a la revista Tía Vicenta, allí me atendió el propio Juan Carlos Colombres (Landrú), que era el dueño y director. Luego de ver mi carpeta y escuchar que era egresado de la EPA y que ya había dibujado para algunas revistas argentinas, me pidió una página sobre el litigio con la isla Martín García, recordándome que la revista era de contenido político y que en alguno de los chistes caricaturizara a los presidentes argentino y uruguayo.
A los dos días volví con la página dibujada. Landrú la observó detenidamente y me dijo que la dejara que se publicaría en la próxima edición. Le dí la mano y me fui. Como se pagaba después de publicado el trabajo, esperé el número de Tía Vicente, lo compré y busqué mi página pero no figuraba por ningun lado. Entonces me fui a la oficina y pedí hablar con Landrú  urgentemente.
Le pregunté porqué no había publicado la página.
-¿Sabe lo que pasa? No me conviene poner a Onganía como un gorila peleando con Pacheco con guantes de boxeo, como Ud. los hizo. Estamos en un estado peligroso y ya me han clausurado varias veces. Lo siento…¿puede hacer otra cosa?
-Sí, quiero cobrar la página- le contesté.
-¡Pero si no la publiqué!
No quise enredarme en una discusión con un tipo tan elegante y perfumado y me largué. Al poco tiempo. Tía Vicenta cerró definitivamente.

sábado, 1 de mayo de 2010

Una revista de humor compartida

"La Chispa" 
Revista de alto contenido humorístico, prohibida para los malas ondas
En uno de mis tantos viajes a mi ciudad natal, me reuní con mis amigos editores del semanario “El Eco de Palmira” donde he publicado mis dibujos por años, y les propuse sacar un suplemento de humor para agregar algo más a sus consecuentes lectores. Para convencerlos del todo, les hice saber que yo se los enviaría completamente dibujado y armado, pronto para su impresión. Estudiaron los costos y me dieron la confirmación y el Nº 1 de “La Chispa” salió el 3 de enero de 1998. Le siguieron dos números más, pero la gente del interior no mostró mucho interés en un suplemento de ese tipo y lo dejamos allí. Fue otra linda historia y así lo siento, yo me saqué las ganas de hacer una revistita de humor donde probé varias “líneas”, con ayuda en el diseño de mi hijo Marcelo. Gracias amigos de El Eco, que tanto han luchado para mantener ese semanario a pesar de las crisis y los vientos en contra.