jueves, 6 de mayo de 2010

Memorias desde mi tablero



 Una traviesa confusión
El diario El Día tenía en su tercer piso un bar comedor arrendado, donde se comía bien y barato y en mis primeros años como dibujante y viviendo en una pensión, me sacaba del apuro.
El problema era que el lugar era pequeño y había que compartir las mesas hasta con tres desconocidos sino no comías.
Aquél mediodía llegué temprano y me ubiqué a una mesa, pero enseguida se sentó una señora con su pequeño hijo. La señora era muy parlanchina y me indagó si yo era empleado del diario, qué se comía mejor, y cosas por el estilo.
Cuando le dije que era dibujante del diario, me preguntó qué dibujaba. Le contesté que en el diario y en El día de los Niños…
-¡Ah!-exclamó y mirando a su hijo dijo: saluda al señor. Es el que dibuja a Daniel el travieso, ese que tanto te gusta.
Por más que le expliqué que ese cartoon venía de EEUU y era dibujado por Han Ketcham, ella me siguió confundiendo y me decía que al chico le gustaba dibujar, si yo podía verle algunos dibujos. La sopa a la reina no la pude terminar y me despedí lo más cortés que pude y me marché escaleras abajo. ¡Confundir a Bombón con Daniel el Travieso!

Landrú me mandó a la guerra
Vivía en Buenos Aires y por las mañanas me dedicaba a recorrer oficinas de editoriales en busca de algun pedido para dibujar. Así fue que llegué a la revista Tía Vicenta, allí me atendió el propio Juan Carlos Colombres (Landrú), que era el dueño y director. Luego de ver mi carpeta y escuchar que era egresado de la EPA y que ya había dibujado para algunas revistas argentinas, me pidió una página sobre el litigio con la isla Martín García, recordándome que la revista era de contenido político y que en alguno de los chistes caricaturizara a los presidentes argentino y uruguayo.
A los dos días volví con la página dibujada. Landrú la observó detenidamente y me dijo que la dejara que se publicaría en la próxima edición. Le dí la mano y me fui. Como se pagaba después de publicado el trabajo, esperé el número de Tía Vicente, lo compré y busqué mi página pero no figuraba por ningun lado. Entonces me fui a la oficina y pedí hablar con Landrú  urgentemente.
Le pregunté porqué no había publicado la página.
-¿Sabe lo que pasa? No me conviene poner a Onganía como un gorila peleando con Pacheco con guantes de boxeo, como Ud. los hizo. Estamos en un estado peligroso y ya me han clausurado varias veces. Lo siento…¿puede hacer otra cosa?
-Sí, quiero cobrar la página- le contesté.
-¡Pero si no la publiqué!
No quise enredarme en una discusión con un tipo tan elegante y perfumado y me largué. Al poco tiempo. Tía Vicenta cerró definitivamente.