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sábado, 29 de mayo de 2010

Memorias desde mi tablero

Escuela Uruguaya de Arte

Muchas personas me consultaron cuando trabajaba en El Día si sabía dónde se podía estudiar dibujo, para sí o para algún hijo que sufriera ese “defecto”, por lo que pensé que ya que en Montevideo no había una escuela dedicada al dibujo, salvo la eterna Continental, pero ésta había acumulado un cierto desprestigio que no me corresponde mencionar, podría fundar una.
Lo cierto fue que en 1976 lo hablé con mis colegas más próximos y luego de pensarlo, aceptaron la idea de formar una escuela de dibujo, como yo quería hacerla más trascendente la nombré “Escuela Uruguaya de Arte”, homenajeando a la Escuela Panamericana de Arte donde estudié.
Carlos Federici, Héctor Couto y William Gezzio

Gezzio, Lemos, Federici y Barreto
Los colegas fueron: Eduardo Barreto, Walter Lemos, Carlos María Federici, Héctor Couto, José Rivera, Angel Umpiérrez y el profesor (éste sí era en verdad profesor) Cecilio Stábile que se unió generosamente a la idea.
Aquí estoy en la parte de la sala de exposiciones del subte que me tocó en el reparto.

Barreto decorando con dibujos nuestros una pared de la escuela.

Al año siguiente, tuve la suerte de que Cinemateca había alquilado un piso en 18 de Julio casi Cuareim y como yo tenía amistad con uno de sus directivos: Juan José Ravaioli, me subarrendaron una parte para que diéramos las clases, con pizarrón y sillas incluídas.
Para potenciar la noticia y difundirla, hicimos una exposición todos los futuros profesores en la sala chica del subte municipal, lo que nos dio fuerte espaldarazo. Allí regalamos un modesto folleto 
(era época de vacas flacas y sin compus, se hizo en mimeógrafo).

 
Pero el primer objetivo estaba alcanzado y se inscribieron unos 25 o 30 personas para los distintos cursos.
Estos eran alumnos del curso de humorismo.
Y el 15 de marzo de 1977 arrancamos. El curso que tenía más alumnos fue el de Angel Umpiérrez  y el mío, luego el que daba Couto.
Pero como la cuota mensual que cobrábamos se iba en el alquiler, quedaba poco para dividir, así que cobraban Couto y Umpiérrez, a quién tenía que ponerle el dinero en el bolsillo porque generoso como era me decía que “él disfrutaba y que no debía cobrar”. Y era cierto que se divertía porque los alumnos me lo contaron, hacía dibujos, contaba chistes. Era todo un personaje. Los demás tuvimos que esperar, lo que molestó a alguno, pero se pensaba que en el siguiente año, nos íbamos a recuperar.
Antes que finalizara el ciclo lectivo, me llamaron de Cinemateca para decirme que debía pagar más porque como la escuela funcionaba bien, los gastos se habían ampliado. Me negué a gastar un solo peso de lo previamente estipulado, lo que los dejó con la sangre en el ojo y a finales de ese año, me avisaron que si seguíamos allí, el alquiler sería casi el doble, lo que no me dejaba margen para pagar a nadie.
Así que “tuvimos que bajar la cortina”. Nadie quiso arriesgarse a asumir un alquiler sin saber si con el alumnado podríamos pagarlo todo el año, yo tampoco.Pero en el 80 me llamaron de la Academia Sigma para dar cursos de caricaturas y humorismo y estuve cinco años con ellos. También dí clases sobre dibujo artístico e introducción a la publicidad. Pero como lo dije en otra nota, me ganó el cansancio y preferí seguir dibujando a dar clases.