lunes, 20 de septiembre de 2010

Memorias desde mi tablero

Cuestión de principios
Estábamos a fines de 1970. Yo mantenía mi trabajo en “Patatín y Patatán” como jefe de arte, cuando una mañana me llamó su director responsable para solicitarme una respuesta sobre un pedido que le habían hecho: realizar en forma de historietas, la historia del proceso por el que estábamos pasando: la patética dictadura cívico-militar. El pedido venía de una oficina perteneciente al  Esmaco.
Uno de los socios-dueños de la revista se había enterado que  “Charoná” (en esos años yo no trabajaba para ellos y era una competencia directa) tenía un “arreglo” con el que el Esmaco le compraba 10.000 ejemplares que luego repartía en las escuelas. Eso fue lo que me dijeron.Y habían ido a reclamar paridad por ser “Patatín” también una revista para niños. 
No tengo confirmación de la veracidad de eso porque años después, cuando volví a dibujar para Charoná, no quise entrar en averiguaciones inconducentes y que no me importaban.
Pero lo de Patatín y Patatán sí me tocaba de cerca porque sería yo quién dibujara la historieta, cuyo guión nos lo enviarían desde el Esmaco. Ofrecían pagar una cifra muy interesante por el dibujo y la compra de 10.000 ejemplares, que aunque la revista vendía bien, era muy tentador. 
Todo eso me lo dijo el director, poniendo en mis manos el aceptarlo o no…Debo reconocer que me tomé un par de días para contestar, luego de pensarlo mucho, le dije al director que yo no iba a aceptarlo por cuestiones de principios, pero si quería contratar otro dibujante que lo hiciera, que yo renunciaba y asunto concluído. Me contestó que querían que fuera yo quién lo dibujara y si no lo hacía, no habría ningun negocio y que pasara lo que pasara… 
Por suerte nada pasó y lo cuento como una simple anécdota de los años de plomo que tuvimos que soportar…

Lo prefiero en blanco y negro
A mediados de los 80, yo trabajaba en mi estudio con todo un plantel de dibujantes y colaboradores y recibía pedidos de varias imprentas. Me había hecho conocido y sabían que cumplía con los plazos estipulados, por eso me llamaron de Impresora Polo solicitándome un trabajo de arte: otra editorial argentina había traído una revista de unas 120 páginas en blanco y negro y quería imprimirlas en Uruguay porque era más barato, los costos nuestros lo permitían, pero querían darle color. 
Así que me enviaron las 120 páginas al tamaño de impresión y yo y mi gente debíamos colorearlas por el revés de cada página a la acuarela ya que el eccoline, al ser una tinta, traspasaba el papel de fotocopia. (No eran originales). La revista era apaisada con tres tiras y unos 10 a 12 cuadritos por página. Era un trabajito de monje tibetano, así que lo cotizé a 50 pesos cada página (hoy esto suena a propina, pero en aquél año, era un dinero.El dolar estaba a 11. 
Cuando el gerente comercial escuchó mi presupuesto, tembló del otro lado del teléfono. Había solo 15 pesos disponibles para cada página y había que hacerlo en 10 días porque los clientes estaban apurados.
 A pesar de que el gerente era mi amigo y me había enviado muchos trabajos, me mantuve en ese precio y él en el suyo y no llegamos a cerrar el trato. Colgué, busqué el sobre en el que me habían enviado la historieta de El Eternauta y lo mandé de vuelta a la imprenta. Después me enteré que no lograron imprimirlo aquí y siguieron para Chile que estaba más barato que nosotros.