miércoles, 30 de junio de 2010

Un librillo escolar

Un día de 1973, el maestro Luis Neira vino a mi casa con un proyecto de libro para niños en situación de preescolares y me pidió si podía ilustrárselo. Tomé la tarea con muchas ganas, ya que eran dibujos y eso es lo que hacía y en poco tiempo, bajo su supervisión quedaron prontas las 48 páginas para la imprenta.

Usé un estilo lineal y sencillo, un poco primitivo para lo que hice en años posteriores, pero como fue mi primer libro, le tengo especial aprecio.


Como estaba destinados a preescolares, las ilustraciones no tenían texto y debían ser una guía para los maestros.

Una aventura de Viviana y Yamandú









Esta aventura en tiras diarias de "Viviana y Yamandú" se publicó en La República durante todo abril de 2010, aunque solo lo hice protagonista a Collazo, para "descansar" a Viviana, que está en otra aventura.Dichos personajes fueron creados y dibujados por casi 16 años por uno de los mejores guionistas que tenemos en Uruguay: Enrique Ardito y que me tuvo que pasar la tira por problemas físicos, aunque se saca el vicio dibujando su tira cómica "Los Cosos de al lao" con su alias "Kilo".



























martes, 29 de junio de 2010

Tapa histórica

Esta ilustración muestra la llegada de los cruzados integrantes de las "Cruzadas",  expediciones que, bajo el patrocinio de la Iglesia emprendieron los cristianos contra el Islam con el fin de rescatar el Santo Sepulcro y para defender luego el reino cristiano de Jerusalén. La palabra "Cruzada" fue la "guerra a los infieles o herejes, hecha con asentimiento o en defensa de la Iglesia". Aunque durante la Edad Media las guerras de esta naturaleza fueron frecuentes y numerosas, sólo han conservado la denominación de "Cruzada" las que se emprendieron desde 1095 a 1270. Según el historiador Molinier, las Cruzadas fueron ocho. Ésta la publiqué en la tapa de El Escolar y después también en la contratapa de "Quimera" Nº 7. La pinté al acrílico sobre cartulina canson. 

Memorias desde mi tablero



 El aviso en la pared
En la primera mitad de 1960, ambulaba por Buenos Aires de revista en revista, publicando algo para subsistir en aquél medio que se me mostraba esquivo, y demasiado costoso para mantenerme, a pesar que pernoctaba en casa de mi generosa prima hermana, que me animaba día a día a salir en busca de esa publicación que me resultaba esquiva y que “me llevaría a la fama”. El ambiente político estaba enrarecido y las revistas ya tenían excelentes dibujantes. Además los pagos se hacían después de publicar los dibujos y a veces me pasaban de un mes para otro. Por eso y  muy a mi pesar, porque no soy de volver sobre mis pasos, opté por regresar a mi ciudad ante la alegría de mis padres. También volví para hacer “fondos” a las oficinas donde me había desempeñado como administrativo contable, pensando en seguir hacia Montevideo,  puse un aviso en el diario local ofreciendo mis servicios artísticos.
El primero que me llamó fue un directivo del Club Peñarol de la localidad. Quería que le pintara un aviso sobre una marca de pintura ¡de 2 metros de alto por 2,50 de ancho! ¿Dónde lo quiere?- le pregunté intrigado.
-En el muro que rodea la cancha. Hay uno que ya no se ve y se debe hacer todo a nuevo y como vos sos dibujante, pensé que lo podrías hacer. Te doy los pinceles y la pintura.
La necesidad tiene cara de hereje- es el dicho popular y yo necesitaba hacer algo que no fueran números, por lo que acepté la tarea. Al otro día me enfrenté a un muro más alto que yo, tenía que poner mi bicicleta y subirme a ella para llegar hasta la parte superior del muro y así encaré el trabajo sobre los ladrillos. Como el aviso antiguo apenas se veía, igual me sirvió de base y pude pintarlo, lo que me llevó 5 tardes y una mañana para terminarlo.
Entonces fui hasta el directivo para cobrar el trabajo.
-¿Cómo me vas a cobrar? ¡Si te dí los pinceles, la pintura y además practicaste, porque en este pueblo como dibujante te morís de hambre, pibe!- me espectó malhumorado.
Pasaron los días. Creo que un mes, cuando fui de nuevo a verlo y allí lo encontré más sociable. Luego de un largo prorrateo, me dio $ 5 (cinco pesos de los años 60) en pago del trabajo. ¡Puf, pero había cobrado!

Dibujando motores
Otro día, llegó un enorme camión a mi casa y bajó el conductor, pidiéndome un dibujo porque había visto mi aviso en el diario local: se le había roto un elemento del motor y necesitaba comprarlo en Buenos Aires y como no quería desprenderse de la pieza, quería que yo le hiciera un dibujo para enviarlo con un corredor a traerlo. Estaba claro que mi ciudad no era lugar para mí, tenía que dibujar de todo menos historietas, pero volví a aceptar el trabajo: era una pieza muy complicada y el tipo la quería idéntica. No le dije porqué no le había sacado una foto, porque yo me quedaría sin ese trabajo. Pacientemente como si dibujara una naturaleza muerta y agregándole grises y brillos el trabajo quedó como me lo había pedido. Cuando vino a buscarlo me dijo- ¡Gracias, esto era lo que quería! ¿Cuánto te debo?
-50 pesos -le dije
-¡¿Estás loco? ¡Por esa plata le hubiera sacado una fotografía!
-¡Pero lo que yo hice fue una ilustración y le cobro barato!
Me pagó refunfuñando y  me negó el saludó por años. Pero yo ya no vivía en mi ciudad. Ya había recalado en la capital y allí empezó mi odisea…

domingo, 27 de junio de 2010

"Noveno arte"


Un esfuerzo en solitario
Sin prisas pero sin pausa Gustavo Cortazzo fue elaborando el ensayo sobre nuestros historietistas y la historieta mundial, con la ayuda de un exacerbado amante del comic: Gabriel Mainero y las colaboraciones invalorables de Carlos M. Federici, Andrés Trías, A. Colucci y L.Moura. Y aprovechando el Fondo Capital, logró interesar a la empresa REG.S.A que edita “La República” y se lo publicaron a fines de 1990, logrando una amplia difusión que de otra forma no tendría. Aunque todo lo que le reportó a Cortazzo fue el esfuerzo y la publicación de su revista, nunca recibió estímulos monetarios como para continuar con estos invalorables proyectos que difunden los trabajos de los dibujantes uruguayos, proyectos de los que siempre tiene alguno en su mesa de trabajo. Junto a Mainero hizo otro ensayo relativo a uno de nuestros olvidados dibujantes: Emilio Cortinas, que se puede“bajar” desde el sitio “La Bañadera del Comic”: http://www.historieteca.com.ar/Novedades/cuadernosbanadera1.htm
Quiero agradecer personalmente lo hecho por Gustavo y también por Mainero en la difusión de nuestro arte, porque el dibujante vive engrillado a su mesa de dibujo y no puede dedicarse a promocionarse. Así que ¡muchas gracias, amigos!






                                                                

viernes, 25 de junio de 2010

Memorias desde mi tablero

Luces y sombras de una revista para niños

En los primeros años de 1970, dibujaba para Charoná, además en el Suplemento de los Niños del diario El Día, lo que me mantenía en permanente estado adrenalínico y aguantaba pocas pulgas, aunque esto siempre me ha sucedido, aún hoy que apenas hago una tira diaria.
Por eso es que le plantée a los editores de la revista Charoná, un pequeño aumento en el precio de mis dibujos. Quienes hacían la revista eran Juan José Ravaioli y Sergio Bóffano (padre). Ravaioli me pasó para Bóffano, a quién llamé una noche desde el diario y le hice el pedido, cosa que se negó, entonces le dije que yo no dibujaría más para ellos y le colgué.
Además de tapas históricas, estaba haciendo una página con las “Aventuras de Charoná”, recién había comenzado con una historia que quedó inconclusa, pero si al editor no le importó, menos a mí. Al otro día le comuniqué a Ravaioli mi decisión y él me contestó: -No te preocupes. Dentro de unos días vas a tener buenas noticias que te van a alegrar.
Y así fue. Ravaioli se separó de Bóffano y se asoció con Paolo de Savorgnani, el dueño de Impresora Polo (donde ahora está La República) y con un español de apellido García para sacar una revista infantil que habían adquirido a unos maestros.
Una mañana me vino a buscar a mi casa para ver si yo quería encargarme de la jefatura de arte y de crear los personajes a partir de unos muñecos de felpa, tipo Plaza Sésamo.
Me daban una oficina en el primer piso y me ponían a disposición los dibujantes que yo eligiera, pero con la condición de que trabajara exclusivamente para ellos y abandonara el diario El Día, ya que querían exclusividad. El sueldo era muy bueno para la época, pero yo sentía un afecto muy especial por el suplemento infantil ( hacía 12 años que estaba allí), y luego de varias reuniones con dichos socios llegamos a la conclusión que iría por las noches y por las mañanas a dibujar y controlar la revista.
El modelo (mono) que habían entregado los maestros no era atractivo y tuve que rediseñarlo todo, pero cuando le pasaba mis bocetos al armador (todo se hacía con pegamento y tijera, ya que todavía no teníamos las compus), éste lo reformaba a su gusto y  lo terminaba con muy poco sentido artístico, lo que le valió que lo sacaran del staff, generándome un enemigo y más trabajo.

 También tuve unos roces con el jefe de máquinas. Una mañana fuí a  controlar el color de tapas y poster que era lo que más debía cuidarse y las rotativas estaban ya marchando y las impresiones salían como chorizo. Al mirar una, ví diferencias de color en la tapa y pedí que pararan las máquinas, que así la revista no se iba a imprimir. Entonces se me apersonó un “urso” que increpándome me dijo: -¡Yo soy el jefe de las rotativas! ¡Ud. no tiene nada que hacer acá! Además ya llevamos casi toda la edición impresa…¿quiere que tire todo a la basura?
-¡Y yo soy el jefe de arte de la revista y respondo ante los dueños y no acepto ésto, así que mejore los registros porque así la revista no sale!- le contesté ya entrando en calor…
El tipo fue como viento a hablar con el dueño de la imprenta quien al rato me llamó y tuve que explicarle que lo hacía por el bien de la revista y de la propia imprenta. Se desmerecía el producto, además él mismo me había pedido que controlara la revista. Y todo enfrente del “urso” que tuvo que volver refunfuñando a corregir la impresión, pero no me tomó bronca, porque al final entendió mi preocupación y nos hicimos amigos por años.
Como soy un adicto a las historietas tuve que convencerlos de poner varias y variadas.

Estas historietas están guionadas y dibujadas por mí, excepto los textos que fueron dibujados por mi ayudante.
Cada página as dibujabade a 3 tiras independientes, que luego se pegaban y le ponía una guí con el color en papel transparente, para que en la fotomecánica le aplicaran los diversos tonos que impimirían el colorido.


 Me dieron vía libre, por lo que tuve que crear para las historietas, además de Patatín y Patatán, personajes propios: como a "Casquito de las Galaxias" que yo escribía los guiones y lo dibujaba un pibe que había ido a mi escuela: Omar Yarse. Después escribí y dibujé "Ariel y sus amigos", hice los guiones de "Hijo de violentos", con las aventuras de un indio charrúa, y se lo dí a dibujar a un muchacho que iba noche tras noche con su carpeta llena de dibujos de apellido Leggiadro que hizo un charrúa muy particular.


Guioné "Pit",la historieta de un joven inglés raptado por piratas y por diversas circunstancias había quedado al mando de un galeón (Este personaje venía con el modelo original de la revista y había sido escrito y creado por Valdés, pero los editores no estaban conformes con su dibujo y querían aggiornarlo). Se lo dí a dibujar al chileno Sergio López que ya tenía su propia historieta Andresito del planeta Aries, y cuando éste volvió a Chile, se lo encargué a W.Ferreira.

Una noche llegó Pedro Cano, lo conocía de cuando yo dibujaba en Pilán, un suplemento del diario La Mañana y él estaba como coordinador y hacía unos dibujos humorísticos de gauchos que me gustaban, por eso se me ocurrió darle el guión de un personaje que tenía en carpeta: "El Escurridizo".
Fue una historieta que gustó mucho. Cano le agregaba chistes inventados por él mientras seguía mis guiones, lo que enriquecía la historia. De mi cosecha y con mis guiones y dibujos, dibujé una historia completa de "Nuk, hijo de esquimales".


Como no me gustaba la tipografía de la imprenta para las historietas, puse a un dibujante (un español, que estuvo unos años con nosotros) y  dibujaba el texto a todas las historietas y además hacía los títulos a pincel de las notas, pero había que controlarlo porque siempre metía alguna falta de ortografía y después nos llovían las cartas.

Para pintar algunos posters de fechas históricas y sacarme un poco el trabajo de arriba, ya que era yo quién debía pintarlos, más las tapas y diversas ilustraciones (semanalmente!), convencí a mi amigo José Rivera para pintar algunos.
A pesar de todo el trabajo que siempre tenía en el diario y los suplementos, pintó tres posters a la témpera, su técnica habitual, en su estilo único y magistral. Y a mí me sirvió para usarun detalle también en tapas. 
En tanto, yo seguía dibujando y escribiendo los guiones de mis personajes del suplemento de los niños: Tatucito, Bombón, Hechos, etc. por lo que contraté a una joven que había sido mi alumna en el curso de humorismo de mi escuela para que me ayudara con el color y con el entintado de Tatucito, y fuera al diario a llevar y traer los pedidos.

A otro dibujante que convencí para que hiciera una historieta de personaje propio fue a Carlos María Federici, quien no dibujaba desde hacía años. Lo tomó con mucho entusiasmo y nos llevó su "Jet Gálvez", lo que le insumía un gran esfuerzo, porque eran dos páginas semanales y él las dibujaba a tamaño gigante, al estilo americano, con un dibujo meticuloso y buen acabado en la línea.(En el Museo de la Historieta de Minas hay originales que se pueden observar). El problema surgió cuando al cabo de un tiempo, la secretaria de la revista (esposa de uno de los socios) opinó que no le interesaba más esta historieta, pese a que tenía mucha aceptación entre los niños que nos escribían a la revista.
Y como siempre ha sucedido en este egoísta y pequeño mercado, casi sin previo aviso, la dejaron de publicar.

Cuando ya no pude más con todo lo que hacía en la revista, le pasé las historietas de Patatín y Patatán y Ariel y sus amigos a otro de mis alumnos: Alvaro Osuna, que ya me estaba ayudando en el entintado y el marcado del color de ambas.
Porque en aquella época el color se marcaba con lápices o fibras de colores sobre un papel transparente o al dorso del dibujo y luego en el taller, sacaban cuatro copias en acetato:
Una para el negro, otra para el magenta (rojo), otra para el cyam (azul) y otra para el amarillo y manualmente, con un pincel y una pintura especial (opacol) se rellenaba la zona donde debía colorearse, pero además había que calcular el porcentaje para las combinaciones:
para que saliera un área anaranjada (60 % amarillo más 40% de magenta) o verde (30% de cyam más 20 % de amarillo),etc. No la teníamos tan fácil como ahora con las compus. Había que tener muchas ganas y querer mucho la profesión para no largar todo y dedicarse a algo menos tedioso.


La revista arrancó con mucha publicidad y vendió muy bien el primer año. Lo mismo el segundo y lo notábamos por la cantidad de cartas que recibíamos. En el tercer año sucedió algo entre los socios; ya que el socio español se largó, pero la revista no se resintió, sólo que Ravaioli que era el administrador se la llevó a su estudio particular y allí fuímos. Como no cabíamos todos,  los dibujantes hacían el trabajo en sus casas y me lo alcanzaban a esa oficina, pero se me redobló el trabajo y se lo hice ver al socio, prometiéndome éste un aumento en poco tiempo.
Cuando pasó ese tiempo y el aumento no llegó, le dije que me iba (me sentía muy cansado), entonces me pidió que esperara su vuelta –él se tomaba una licencia- que cuando volviera lo hablaría con su otro socio y me iban a dar lo que pedía. Acepté y se fue de vacaciones. Entonces recibí la llamada del dueño de la imprenta, (el otro socio) que fue al grano directamente: “él sospechaba de su socio porque a pesar que la revista seguía vendiendo bien y tenía avisos pagos, éste le pasaba cifras menores que no coincidía con eso. Además se había impuesto un sueldo muy alto,porque al llevarse la revista a su oficina, le cobraba el alquiler y hasta la nafta del coche, y él no estaba dispuesto a que se tomara las vacaciones a expensas de la revista, por lo que me dijo que quería romper la sociedad y que su abogado tenía todo listo y me ofreció hacerme cargo de toda la revista, yo debía volver a la imprenta a una oficina más grande, equipada a nuevo y que le dijera cuánto quería ganar por eso, pero debía largar cualquier otro trabajo que tuviera.
Debía ser exclusivo de la imprenta. Me sentí confundido y creo que no me dejé marear por el hecho de tener una revista totalmente en mis manos. Así que le pedí un par de días para pensarlo. Me dijo que no tenía mucho tiempo porque quería hacerlo antes que volviera Ravaioli de sus vacaciones. Anduve varios días cavilando. El pago que le pedí y había aceptado triplicaba lo que ganaba en ese momento, pero Ravaioli siempre se había portado bien conmigo, desde cuando estaba en Charoná, y yo nunca me enteré que me la hubiera jugado sucio y tengo principios que me superan y me atan.
Así que en la mañana señalada le dije que no, que no aceptaba y que me iba de la revista porque al ver el lío que se había formado, yo no iba a estar bien cuando volviera Ravaioli.
Cuando éste volvió no le dije nada del insuceso y no podía creer que me fuera, pero lo hice con mi conciencia tranquila. Al poco tiempo el dueño se voló rumbo a México, dejando una lista de deudas y cheques sin fondos. Ravaioli siguió un par de años más hasta que cerró y reabrió otra revistita: Sapito, por la que también me vino a buscar pero me negué a colaborar. Tuvo poca aceptación y la cerró a los pocos números.Yo seguía en "El Día de los Niños" y Boffano me había llamado de nuevo y estaba de vuelta en Charoná.
Espero que esta crónica nostálgica no empañe la memoria de aquellos que eran nuestros lectores y que tenían en su cartera escolar a "Patatín y patatán" como compañeros de clases.