martes, 18 de junio de 2013

Memorias desde mi caballete



Los años dorados



Como ya comenté en un post anterior, mi pasión por pintar corría junto al del dibujo que en aquellos años estudiaba en La Escuela Panamericana de Arte sus cursos por correspondencia. Junto a dos amigos de mi infancia: Ramón Alvarez y Alfredo Della Santa, intercambiábamos información sobre los grandes pintores, sus obras, sus técnicas y así nos nutríamos del arte, hurgando en la vieja biblioteca del pueblo y comprando, cuando se podía, “La Pinacoteca de los Genios” que nos ponía delante de nuestros ojos, el colorido y la belleza de los cuadros de los grandes maestros. Eso nos incentivaba a pintar. En los ratos libres, los fines de semana, o de noche, alumbrado con  pálidas lámparas (lo que era contraproducente porque nos cambiaba el color) pintábamos y soñábamos en exponer algún día. Pero ¿dónde? Si en nuestro alejado pueblo no teníamos una galería ni un local que vendiera cuadros. ¡Entonces se nos ocurrió algo! Buscaríamos un lugar y haríamos una exposición. Fuímos a hablar con el director del Liceo, ya que sabíamos que tenía como hobby la pintura y le planteamos la idea: una expo al fin de los cursos para que no interfiriera con las clases y por supuesto contábamos con sus cuadros para engalanar la muestra.
Aceptó inmediatamente porque los tres lo habíamos tenido de maestro y profesor en la Primaria y Secundaria y sabía quiénes éramos.
Entonces nos abocamos a preparar más pinturas, porque a pesar que todos teníamos cuadros pintados, nos parecía que debíamos dar más para la primera EXPO.
Lo primero que pinté fue mi caballo, ya que lo tenía en mi casa y aprovechando una foto de una laguna, la utilicé como fondo. Mi cuadro mostraba el caballo cruzando una laguna poco profunda, chapaleando agua. Como no tenía tela, lo pinté sobre cartón al que preparé una imprimación. Uno de mis amigos, Alfredo, cuyo padre tenía un taller, hacía sus propios bastidores y telas, por lo que, pagándole unos pocos pesos por el material, me hizo tres cuadros, uno de los cuales lo empleé en pintar a mi madre. Todavía la recuerdo, adormeciéndose y preguntando si faltaba mucho, porque tenía que hacer las cosas de la casa. Cuando lo vio terminado no quedó muy satisfecha. Me dijo que no se le parecía, aunque yo creo que sí y hoy siento que no lo tenga, porque cuando hice la imprimación para la tela, usé mucha cola de pescado que cuando se secó, dobló el bastidor porque la madera era de sauce sin haberse completado su secado. No pude exponerlo y al final quedó en un galpón contra la pared.
Un accidente arenoso
Pero el caso más sonado (y que recuerdo con mucha bronca por lo perdido) fue cuando fui a pintar un paisaje directamente del natural. En los alrededores de mi pueblo, por aquellos años cuando todavía los silos de las multinacionales y las cerveceras no se habían instalados, había muchos lugares casi salvajes con mucha vegetación junto al río Uruguay, y la flora se veía al lado de los caminos, junto a hermosos y canoros pájaros. Daba ganas de pintarlo todo. Un sábado por la tarde, junto a mi amigo Della Santa, con nuestros pinceles, pomos de óleos y demás implementos, salimos rumbo al campo. Yo en mi bicicleta y él en su motito.
Nos metimos en un campo, cerca de una laguna, desde donde se veía el río a la distancia. La tarde muy soleada con blancas nubes que pasaban lentamente daba una completa composición para hacer un buen cuadro, así que ni lerdos ni perezosos, cada quién se puso a la tarea. Había que pintar rápido, a “la prima” porque todavía las tardes eran de poca luz y en pocas horas, oscurecería. El resultado de mi pintura me satisfizo porque logré lo que buscaba: un paisaje con árboles, el cielo con algunas nubes y a la distancia el río, que brillaba con el reflejo del sol. Así que esperé que mi amigo diera los últimos toques a su cuadro y juntando todo, monté en la bicicleta y rumbeamos para el pueblo.
Allá todas las calles eran de tierra, y en algunos lugares para tapar pozos, habían volcado arena de la playa y como yo llevaba mi cuadro colgando al costado de la bicicleta, los rayos de la rueda trasera volaban la arena del camino que iba directo a pegarse a la pintura fresca.
Sólo al llegar a mi casa me dí cuenta que estaba todo estropeado mi pequeña obra de arte, así que no tuve más remedio que tirarla porque ya no servía par nada, solo el bastidor que lo utilicé para aplicarle otro lienzo y volver a pintar otro motivo. Los temas con paisajes los volví a pintar muchos años después tomando todas las providencias. Como vivo en la capital, cada vez que viajo a mi ciudad tomo fotos que luego las uso como modelos para mis cuadros. Así estoy seguro que la arena no me perjudicará más ningún cuadro.

Una mancha en mi carrera de pintor…
Ya instalado en la capital montevideana, vivía en un cuarto de pensión junto a dos amigos de mi pueblo y allí dibujaba para El Día de los Niños, Pilán y Al Rojo Vivo. Como no tenía lugar para colocar una mesa de dibujo, lo hacía en la mesita de luz que me había tocado en suerte, y cuando la dueña de la pensión me lo permitía, en la mesa del comedor, hasta que a eso de las 16 hs. debía dejar todo limpio porque se levantaban de su siesta, con sus 4 nietos bulliciosos. Un día, uno de mis amigos me dijo que se había enterado que una agencia de viajes realizaba un "Concurso de Pintura" y que se cerraba al día siguiente, a las 10 de la mañana, que por qué no lo intentaba, que era una oportunidad y el premio era en metálico…hasta que me convenció, porque lo que más escaseaba en mis alforjas era el metálico. Había que llevar un cuadro en cualquier soporte, de un tamaño más bien grande y el tema era a elección del pintor. Como yo me había dedicado enteramente al dibujo de ilustraciones e historietas, no tenía ni óleos ni caballete para realizar un cuadro en menos de 24 horas, así que conseguí un gran papel blanco; lo clavé por sus bordes en una de las paredes y arremetí con los pinceles y tintas aguadas, mientras mis amigos me daban confianza ( o me tomaban el pelo?) de que estaba haciendo una obra de arte. Entre cuentos, vino y algo para picar, se hizo la madrugada y el ¿cuadro? quedó terminado. Eran manchas como de personas caminando agachadas en la penumbra de la ciudad. Toda una metáfora. Al otro día, alguien me despertó diciéndome que me apurara a llevar la pintura que faltaba poco para la hora de cierre. Por suerte la agencia estaba a apocas cuadras de la pensión, así que me fui a pié con el papel enrollado, lo que me despejó bastante el fuerte dolor de cabeza. Cuando llegué a la oficina, una adormilada secretaria me preguntó qué quería. Le dije que iba para intervenir en el concurso. Me señaló la pared donde había una cantidad de bastidores entelados con sus respectivas pinturas, diciéndome que lo dejara allí y que le diera mis datos.
Luego de llenar un formulario, me dijo que me llamarían o que, en caso de no salir favorecido, pasara a buscar “mi pintura” en 15 días, ya que después no sabría lo que harían con ellas.
Por supuesto que nunca me llamaron y yo no pasé jamás por la agencia, tampoco me enteré quién ganó dicho concurso, pero desde ese día, traté de volver a pintar en lienzo o en tablas apropiadas para la pintura al óleo y sin abusar del vino.
Un pedido singular
Como todos los días, me hacía un tiempito para pintar, cuando vino mi concuñado a casa. Cuando vio lo que estaba pintando, me preguntó si podía hacerle unos 4 o seis cuadros con motivos de puertos, lo que respondí que sí, que me diera tiempo y se los tendría listos. Me preguntó el precio y nos pusimos de acuerdo.
Encaré el trabajo con mucha ilusión, porque me permitía complementar mis entradas de dinero con lo que hacía para el diario "El Día" y "Charoná", ya que en mi casa habían dos niños, luego vendría el tercero, así que al cabo de un mes, terminé los cuadros y llamé a mi concuñado. Le gustaron mucho y me dijo que al dueño le iban a encantar. Creyendo que me los había comprado para él, le pregunté ¿qué dueño?
-El de la funeraria de Martinelli- me dijo, donde yo trabajo. Le dije a mi patrón que vos eras pintor y enseguida me pidió unas telas con temas portuarios para sus salas velatorias...
Nunca más ví aquellos cuadros, pero jamás pensé en tener una "sala" de exposiciones de esa naturaleza.
Pour la galerie
Por el 2000, una amiga de mi señora que trabajaba en una galería de arte me dijo si quería poner mis cuadros a la venta. Yo tenía unos 20 y a gran tamaño, que me ocupaban espacio en mi altillo y acepté llevárselos. Tuve que pagar un taxi que me cobró más por el tamaño de los cuadros, y me atendió la dueña de la galería , que además de esa "galería"  en la calle Tristán Narvaja, tenía otra en Punta del Este, pero no entendía nada. Por supuesto que no me conocía y por lo visto, la amiga de mi señora no le había dicho nada sobre mí, pero viendo que yo me estaba ofuscando, me dijo: -Póngalos contra aquella pared. Los veré y en unos días le aviso.Déjeme su teléfono...
Cuando le comenté el lío a la amiga de mi señora, me juró que le había hablado de mí y que le pidió que le llevara los cuadros que los pondría en venta...
Pasaron  unos meses  y como no recibí ninguna llamada de la dueña de la galería, fuí hasta allá. Me atendió otra empleada. Me presenté y le dije que quería hablar con la dueña. Me respondió que andaba de viaje por Europa y volvería la próxima semana. Entonces le pedí que me devolviera mis cuadros que me los llevaría de vuelta. Al principio se negó a dármelos, porque ella no me conocía, entonces descubrí arrecostados contra la pared mis cuadros embalados tal cual los había dejados, meses atrás. Como había puesto mi nombre y dirección  en el paquete, la empleada me los entregó. Tuve que pagar de nuevo un taxi más el extra y los cuadros volvieron a mi altillo.Ah, la "galerista" se llama Zira Guichón.