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viernes, 5 de febrero de 2010

Memorias desde mi tablero

Aquí estoy pintando un poster para Charoná en la década del 80.
Cómo nació el Estudio Gezzio
Hasta los 80 había trabajado solo, sin ayudantes particulares,( excepto un par de historietas que hicimos Eduardo Barreto y yo para El Día de los Niños y algunas páginas históricas para Charoná, yo hacía el lápiz y Eduardo terminaba el resto), pero a principios de esa década me ofrecieron ilustrar los cuentos de Horacio Quiroga en un formato fuera de lo común: 25 cms. Por 35 cms.- y con una forma diferente de encarar las ilustraciones.
Cuentos de la selva de Horacio Quiroga
Un día se presentaron en mi apartamento dos personas que representaban una editora de cuentos infantiles con socios argentinos y querían que yo me encargara de las ilustraciones de los 8 cuentos para niños que Quiroga había escrito. Me plantearon la urgencia que tenían y además que les presupuestara rápidamente el trabajo. Según ellos ya habían contactado a varios dibujantes y ninguno les convencía y mi estilo era el que más se ajustaba, pero debía traerlo a “lo Disney”. (Yo había hecho las figuritas de “Donald Campeón”, que fueron aprobadas por el representante de Disney Argentina, lo que me daba un plus que otros no tenían en ello)
Por esos días experimentaba cambios en mi estilo en El Día de los Niños y en Charoná y ese estilo –con el que había crecido- ya me parecía demodeé, a pesar de los cambios que habían realizado los grandes de la factoría americana, por eso me tomé la libertad de ilustrar el cuento de “Las medias de los flamencos” a mi gusto. Entonces me dí cuenta que lo que me pedían superaba mis fuerzas físicas y mis tiempos, porque ya tenía otros trabajos que no podía abandonar. Fue así que alquilé un local de tres ambientes en la Ciudad Vieja y llamé a un par de dibujantes amigos para contratarlos como ayudantes.
Roberto González en la mesa de animación
Alvaro mayor con un storyboard

Pedro López pintando fondos
Acuña entintando una escena

Empecé con dos. Yo hacía los bocetos a lápiz, otro lo entintaba y el tercero se encargaba de los fondos, pero…los clientes no aceptaron el estilo de dibujo que les presenté. Entonces me trajeron un tomo de un cuento de Disney y me pidieron que llegara a ese nivel. Nos abocamos al trabajo e hicimos una gran ilustración con el cuento de los yacarés. Les encantó y me pidieron que siguiera en esa línea pero además que apurara los tiempos. Exigían que el fondo fuera separado del dibujo de los personajes además de hacerlos un tercio más grande, como se estilaba en los dibujos animados.
En la foto se ve el tamaño de los acetatos pintados y colgados para su secado

Mi sistema de trabajo
Cada cuento había que dividirlo en 24 ilustraciones. Y debía ilustrar 8 cuentos. Tuve que contratar más dibujantes. Tres de ellos solo como fondistas. Yo hacía el boceto de cada ilustración en blanco y negro. Después dibujaba al tamaño gigante solo los personajes en una cartulina que otro de mis amigos entintaba sobre acetato y tres más se dedicaban a pintar por el reverso. Fue muy complicado conseguir las pinturas porque debían ser como las que se usaban en los dibujos animados y era muy costoso comprarlas en Estados Unidos, ya que ni acá ni en Argentina se conseguían. Uno de los clientes nos aportó unos pomos que había comprado en Brasil, pero al secarse y como se pintaba sobre  acetato, se cuarteaba y había que estar retocando permanentemente, lo que insumía mucha pérdida de tiempo.
Yo no podía dedicar todo mi esfuerzo a esas ilustraciones porque además dibujaba para Charoná, ya que me había ido (a la fuerza) de El Día de los Niños, pero daba clases de dibujo en Academia Sigma por las noches y me habían entrado otros clientes que requerían mis servicios: hicimos etiquetas, figuritas para albumes, y un día apareció Alvaro Mayor, que quería hacer dibujos animados y al ver lo que estábamos logrando, quedó convencido que podíamos hacerlo y me convenció y junto con otro adicto a la animación: Roberto González, nos asociamos bajo la firma “Gezzio y Asociados” acreditando el capital en partes iguales.

Los Duendes Dormilones
Mi mano derecha, amigo y socio era Roberto González, un titán en dibujar sin cansarse y loco de atar por el dibujo animado. Así que los tres nos enfrascamos en la tarea de crear algo en animación con el fin de presentarlo en las agencias publicitarias.
Se nos ocurrió un corto para la hora en que los niños se van a dormir y sus personajes eran tres duendecitos voladores que tirando el polvo del sueño, iban durmiendo a las aves, los niños, las mascotas, mientras caía la noche sobre la ciudad.

Tuve que equipar el estudio con las mesas especiales para dibujos animados. Como no había en plaza, hicimos un dibujo con sus medidas y contratamos a un carpintero que las hizo. Pero por aquellos años faltaban dibujantes que conocieran el cómo hacer dibujos animados, pusimos un aviso en el diario y de 50 que fueron, nos quedamos con tres que tenían algo de conocimiento previo. Nosotros nos encargaríamos de enseñarles, como hicimos luego. Contraté un fondista también, porque no podíamos encargarnos de todo los dibujos que requiere la animación. 25 dibujos por segundo y debíamos hacer un minuto porque sería una muestra del estudio. La historia estaba escrita. La separamos en escenas y bocetamos los fondos y nos repartimos las animaciones entre los que podían hacer el “movimiento”. Como la historia era muda, no teníamos el problema de ajustar los labios a cada sílaba, pero debíamos ponerle una música y que fuese llamativa para los niños. Alvaro conocía un musicalizador, creo que se llamaba Lencinas y trabajaba para las agencias haciendo jingles, Fuímos a su oficina a plantearle el tema. Por suerte hizo una hermosa música y  nos hizo precio porque éramos “primerizos”, que la pusimos al inicio, cuando abre la acción y aparecen los duendes volando.
Otro problema que teníamos era el de filmarlo, pero Alvaro ya tenía una experiencia con un dibujo que él mismo había hecho y fotografiado, aparte era un fotógrafo de profesión. Así que luego de muchos meses de trabajo, de romper papeles y discutir sobre cómo quedaba mejor tal o cual escena, la fotografió toda en una mesa que él mismo hizo para tal fin, ya que se direncia de los tbleros comunes, y la llevó a un laboratorio en Buenos Aires porque en Montevideo no había alguien que lo hiciera. ¡Lo que se gastó en ese dibujo! Porque los dibujantes cobraban mes a mes y el alquiler tenía que pagarlo junto con la luz y el agua y demás gastos.
¡1.500 dibujos para un minuto de animación! ¡La emoción que nos invadió cuando lo vimos en acción!. Nuestros dibujos cobraban vida y se movían, demasiado bien para aquella época sin computadoras, hecho todo a pulmón, a mano y aguzando el ingenio. Pero además del dibujo animado, seguíamos con los cuentos y el cliente que lo tenía día por medio apurándome y exigiéndome la entrega de todo los cuentos porque ya había pago más de la mitad del trabajo. Pero como dije antes, los trabajos externos caían como llovidos y tuve que levantar los presupuestos para esquivar algunos: una revista con la vida de un santo en forma de historieta, un album de figuritas que no pagaba casi nada, aunque agarré el de la vida de Artigas y después otro sobre ecología. También acepté “armar” un semanario para el Movimiento de Rocha: “La Razón” y algunas cosillas más…Como dije, había que pagar muchos dibujantes,además de una secretaria, los que me llevaban la contabilidad y ainda maís…
Ya teníamos el dibujo animado propio con los duendes dormilones. Pensábamos en muñecos, revistas, muchos artículos que nos devolvieran por lo menos el dinero invertido. Hicimos un mailing enviándolos a las agencias más representativas y Alvaro fue en persona, pero nadie se interesó. Entonces fue directamente a los canales de televisión. Luego de horas de espera le decían que no estaban interesados, porque nuestro dibujo no estaba sponsorizado por alguna firma que lo pagara ¡ellos querían cobrar! Y que podían conseguir dibujos animados más baratos que el nuestro…
Así se fue un año. Mientras seguíamos con los cuentos de Quiroga.
Los fondos que le dan el carácter a los cuentos fueron pintados por Daniel González, Hugo Millán, Ochoa y yo.


 A mí me habían avisado que el socio principal “fumaba bajo el agua” y que tuviera cuidado porque había dejado varias cuentas sin pagar en algunas imprentas, por lo que lo encaré y le dije que si no me pagaba lo que faltaba, no le daba un solo dibujo. Se hizo el ofendido y se fue. Al otro día apareció por mi estudio, pero mi secretaria ya estaba avisada y le dijo que yo ese día no iba a ir. Así lo tuve una semana. Los sábados de tarde yo trabajaba solo en el estudio ya que los dibujantes descansaban. Sonó el teléfono y era el cliente pidiéndome que nos reuniéramos, que quería arreglar conmigo y que tenía el dinero.
Nos reunimos en un bar cerca de mi estudio y me propuso ser socio y que yo pagara a los dibujantes, èl me daría un porcentaje en las ventas. Los dos tomos que hice se vendieron muy bien (me dijeron que fueron traducidos al portugués y al hebreo entre otros idiomas, además el diario El País lo publicó durante dos años, un libro por cuento, de lo que no recibí nada y donde mi nombre fue borrado arteramente). Habría sido un muy buen negocio, pero en ese momento me pareció una tomadura de pelo y se lo hice saber. Le dije que si no había traído el dinero que se olvidara de los dibujos y de mi estudio. Como nunca firmamos contrato, yo estaba tranquilo por ese lado, pero ya me veía perdiendo todo el trabajo.
Antes de irse me pidió que lo esperara unos días más que iba a recibir un dinero y que me pagaría lo que faltaba, pero que no dejara de trabajar. Ellos ya me habían pagado una buena parte del total y no querían perderlo. A regañadientes y pensando en los dibujantes le acepté la escaramuza.
Un par de días después apareció pero con otro proyecto: me dijo que para terminar de pagar su deuda conmigo, había colocado en un distribuidor los cuentos de Quiroga en blanco y negro, para que los chicos los colorearan, que yo los hiciera usando los dibujos que tenía y que se los agregara a su cuenta. Junto con Roberto González y Daniel González –que se encargó de los fondos- rehicimos los 8 libros gigantes; había que dibujar los fondos de nuevo porque  los teníamos pintados a todo color, pero el trabajo lo sacamos en poco tiempo y se los entregué. El hombre me dio varios cheques y seguimos con los de color. Creo que ya andábamos por el segundo año con este trabajo. Estábamos cansados de ver aquellos acetatos colgando por todo el estudio, porque así se secaban y no se cuarteaba la pintura.
Hasta que una mañana al llegar al estudio, Roberto me dio la gran noticia: “¡Gezzio, terminamos los cuentos!”. Llamé al cliente que en la tarde se llevó todo para Brasil, la separación de colores se hizo allá y la impresión final del libro en Mosca Hnos, en Montevideo. Cuando ví el primer tomo, me impactó el tamaño y la impresión. Era un buen trabajo, pero el tipo me la había jugado por todo lo que le había hecho pasar y había puesto el nombre de mis ayudantes, pero el mío no figuraba, siendo quién había hecho toda la parte creativa. Y como ya dije, después lo negoció con El País donde no pusieron ni los nombres de mis ayudantes.
Otra historia
Así como este “cliente” me birló la autoría de mi trabajo, tuve una empresa que se portó soberanamente bien conmigo y me respetó como profesional: Saint Hnos. del Uruguay, la fábrica de chocolatines de donde me llamaron porque le habíamos enviado un mailing de los duendes dormilones. Les había gustado y me pidieron ilustraciones para las etiquetas de los chocolatines y las cajas, cosa que hice por varios años. Aproveché la oportunidad y les vendí el dibujo animado con “Los Duendes Dormilones”, lo que nos devolvió el dinero invertido. Se pasó en la Red del Interior. Al año siguiente, lo negocié con el director de Charoná y lo pasaron en Canal 5. Así que el sacrificio que habíamos hecho, fue al fin, premiado.
Pero a fines de los 80, mi estudio empezó a hacer agua. Mis dos amigos y socios se fueron a otro estudio (Tournier) que estaba realizando animación y necesitaban gente y como nosotros no teníamos ningún pedido, no pude negarme y quedaron libres de la sociedad. Tuve que despedir a los dibujantes y además  había alquilado otro estudio contiguo porque me habían traído una colección de cuentos desde Brasil, escritos por Monteiro Lobato para ilustrarlos en la forma que habíamos hecho con los de Quiroga. Los habían visto y estaban interesados en que yo los hiciera. Pero traté de “curarme en salud”, poniendo algunas condiciones en el presupuesto, cosa que no les gustó a los descendientes de Lobato y no llegamos a ningún acuerdo.El boceto que les envié del primer tomo-me habían prometido hacer de 6 a 12 libros- nunca lo pagaron.
Ya no quería estar pendiente de los pagos como lo estuve con el anterior. Intenté con un revista de historietas eróticas: “Erotic comics”, pero nuestro pueblo no estaba acostumbrado a ello. Yo ya había cerrado “Lengua Larga”, porque los quioskeros la escondían o la embolsaban, sin embargo mostraban las españolas que eran desnudos totales.
En ese momento me dí cuenta que el estudio había cumplido un ciclo: el murmullo y las risas de los dibujantes con los que había trabajado ya era un eco en el recuerdo.
No tenía un pedido importante como para empezar de nuevo y me sentía cansado.
Puse todo en venta, hasta mis colecciones de revistas y vendí todo. Me quedé con un tablero de animación que es con el que todavía dibujo y bajé la cortina.
Al mes me dio un infarto. Creo que fue la sumatoria de toda esa década de trabajo intenso y lucha por hacer cosas en este Montevideo que se nos negaba a algunos, cuando otros conseguían créditos y clientes….
En fin, no me arrepiento de nada y volvería a acometer esas locuras, tal vez eligiendo mejor algunos clientes…