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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Ilustraciones para libro de cuentos

Mi amigo, el escritor palmirense Alfredo Zaldúa ( dramaturgo, novelista, director de la Biblioteca de la ciudad de Nueva Palmira) me había dado un cuento para niños que ilustré y lo publicamos en el semanario local (El Eco de Palmira, Carmelo y Colonia) a media página, hace ya unos cuantos años.
Pero la publicación en formato libro nos quedó en el debe, por eso pongo alguna de las ilustraciones en mi blog y el cuento.


Me gustaría ser pájaro. Ver todo desde arriba. Ir de rama en rama. Meterme entre las nubes. Ser libre" - pensaba el muchachito mientras "al tranquito" iba hasta el almacén.
Antes había rezongado por  el mandado.
Cruzaba la plaza escuchando el chisporroteo de los gorriones en los plátanos, el aleteo de las palomas en el campanario, mientras una bandada de ¡vaya a saber qué pájaros! dibujaba en el cielo distintas formas.
El muchacho se imaginaba el Paraíso lleno de  pájaros. ¿Dónde iban a estar ellos , sino en el cielo?
Si decían que ahí va la gente buena, con mucha más razón habrían de estar los pájaros.
Esos que de por sí pasaban allí gran  parte de su existencia
¿Cómo sería la escuela de los pájaros? En esa interrogante centró su pensamiento.
Si fuera pájaro no tendría que hacer mandados, no tendría que estudiar,  no tendría que dormir la siesta,  no lo obligarían a tomar la sopa, no tendría tampoco... fútbol en el campito.
Esto  último sí que lo preocupaba, pero rápidamente  encontró consuelo. Siendo pájaro podría volar por  todo el mundo y tendría la oportunidad de ver preferencialmente los mejores partidos, hasta si quería, posado en uno de los arcos, ahí al ladito del golero.
-Nene ¿qué estás buscando? -fue la interrogante que detuvo el vuelo imaginario del niño. Imaginación que volaba más que nunca porque pensaba en pájaros y como por el aire, había llegado hasta el almacén casi sin darse cuenta. La pregunta del almacenero lo volvió a la realidad, sobre todo por eso de "nene" que no le caía muy en gracia. Es cierto que era un poco petiso, pero ya casi estaba en primero de liceo.

 2
El Paraíso de los pájaros se veía iluminado y en penumbras. Resaltaban azules intensos y verdes profundos. Cálido y fresco a la vez. Con flores, agua, granos y, por supuesto, plumajes, vuelos y trinos de todo tipo de matices y escalas.
Un pajarraco grandote parecía ser el pájaro mayor. Tenía plumas de todos los colores. Grandes alas, penacho, larga cola. Definirlo se hacía difícil. Daba la sensación que cada tanto cambiaba su fisonomía. Era un poco golondrina con algunas plumas de hornero.
Por  momentos hablaba y parecía un loro o chillaba como un gorrión.
La mirada era grande y profunda como la de un búho o se le empequeñecía al tamaño de los ojos de un canario. Tenía plumas tornasoladas de picaflor o mostraba una combinación de colores propias de un inmenso papagayo.
Y cuántas cosas más, que para el muchachito eran demasiadas. No daba abasto para verlo todo y tampoco sabía tanto de pájaros como para identificar a quién pertenecía cada uno de los rasgos que el pajarraco mostraba a  medida  que se iba transformando o que al niño le parecía que se transformaba. Además era tanto lo que había que ver. Pájaros conocidos y otros que ni siquiera los  había visto en  figuritas.
-.¿Qué andas haciendo por aquí?- fue la pregunta que hizo pasar al niño del asombro a la confusión, rozando en el temor, a pesar de la sensación de paz que allí se vivía. Se sentía descubierto.
- ¿Qu....quién... yo?
-Sí, tú.
Era el pájaro mayor  que había detectado la presencia del jovencito, un ser sin dudas, totalmente ajeno a ese lugar.
Sin que el niño hubiera podido reaccionar, el bolso que tenía en su mano había pasado a los alones del Gran Pájaro que ahora con un gran pico de garza investigaba su contenido.
Apartó una botella de aceite, un pan de jabón.
De un picotazo rompió el paquete de harina, y el muchachito, cerrando los ojos para no ver más, sólo pensó: Ahora tendré que aguantar el rezongo de mamá.
-Quería estar seguro de que no traías piedras, honda, jaula , trampa o alguna chumbera- dijo con voz grave el Pájaro  Rey-
-Pajarraco bobo- pensó el niño.- Mire si voy a meter  una chumbera en este bolsito.
- ¿Qué buscas aquí ?
- Esteee... Quisiera ser pájaro.
- ¿ Y si yo te dijera que quiero ser hombre ?
Un encogimiento de hombros fue la única reacción del niño. Nunca esperó semejante ocurrencia.
- ¿ Y por qué quieres ser pájaro ?
- Yyyy... Para volar. Elevarme, planear.  No hacer mandados. No tomar sopa. No dormir la siesta. No hacer deberes. No....
-Está bien, está bien- cortó tajante el  Pájaro Mayor.
- Pe...pe...pero tú...¿quién eres?- se atrevió a preguntar balbuceando el niño.
- Soy el  Pájaro de los Pájaros- fue la respuesta.
Pese al tamaño grandote que mostraba el Pájaro de los Pájaros, apenas agitó sus alones se elevó livianamente.
-Ven  conmigo- le dijo, a la vez que el jovencito, movido por una fuerza extraña, también flotó en el vacío sin esfuerzo alguno.
Como tirado por un hilo invisible, sin hacer ningún movimiento, siguió detrás del Gran Pájaro.


3
Después  de  una recorrida por el paraíso de los pájaros, se detuvieron.
- Te concederé lo que me pides -dijo el Pájaro Mayor.- Tendrás fisonomía de pájaro pero no perderás tu raciocinio humano .¿Qué pájaro quieres ser? -preguntó.
Era tan  grande la sorpresa del niño que no atinaba a responder . El sólo había pensado en que le gustaría ser pájaro pero no se le había ocurrido ninguno en particular. Para él eran todos iguales . Todos volaban y tenían plumas.
Por su mente pasaron el gorrión que le chistaba desde los plátanos; el hornero, del cual tenía una de sus casitas traída de una ida al campo en las vacaciones; la golondrina, que recorría el mundo y aparecía en primavera; el búho, que siempre andaba de noche y como a él tampoco le gustaba acostarse temprano; el picaflor, que iba de flor en flor luciendo su tornasolado traje con una agilidad que daba envidia; o el Martín Pescador que se tiraba en picada zambulléndose en ríos y arroyos.
Todos habían desfilado en fracción de segundos por la mente del muchacho mientras seguía buscando en qué pájaro podía transformarse.
- Ya sé, ya sé... -dijo el Pájaro de los Pájaros.

4
 De buenas a primeras fue variando su tamaño.
Ya no era la gigantesca ave que había descubierto al niño en el Paraíso . Su figura se fue empequeñeciendo. Quedó con plumas azules en sus alas. Plumas verdosas con algunas manchas rojas adornaron su cabeza, de bermejo pintó su panza y de gris emplumó la parte superior del cuello.
Alargó , afinó su pico  y exclamó: - ¡A pescar se ha dicho!
El niño notaba que él también se cubría de plumas y le nacía un fino y largo pico.


5
El muchacho recordaba lo que le había dicho el Pájaro Mayor al concederle su deseo: "Tendrás fisonomía de pájaro pero no perderás tu raciocinio humano". Eso  hacía que se sintiera emocionado al notar que el sueño se le estaba cumpliendo.
- ¡Soy un pájaro! -dijo.
-¿Sabes quién eres? -preguntó el Ave Líder.
-¡Un pájaro!  - respondió alegremente.
-Te he preguntado quién eres y no qué eres - replicó el Pájaro de los Pájaros.
El niño quedó sorprendido y sólo atinó a encoger los hombros que en este caso fue un leve movimiento de alas.
- Ahora eres como yo, un Martín Pescador. Vamos hacia la primera experiencia. Tu deberás hacer lo que yo haga. Informado de su nueva identidad, asintió con un rápido movimiento de cabeza. No le disgustaba ser un Martín Pescador, en lugar de  mojarrero usaría el pico.
"No es una tarea de mucho esfuerzo" pensó.
Ambos agitaron las alas y emprendieron el vuelo.


6
Volaron con vuelo rasante y veloz. El Paraíso de los Pájaros quedó atrás. Llegaron hasta un arroyo caudaloso rodeado de frondosa vegetación donde prevalecían sauces, sarandíes y ceibos. Juncos y pajonales se multiplicaban en los márgenes. El paisaje era agreste pero transmitía calma. El Pájaro Líder se posó en una rama que casi tocaba el agua. Allí quedó como paralizado. El niño-pájaro hizo lo mismo tratando de no perder detalle. "Tú deberás hacer lo que yo haga" recordaba que le había dicho el Pájaro Maestro.
Al niño le costaba controlarse, quería entrar en acción, no quedarse inmóvil como una estatua y en total silencio. No entendía qué significaba el mutismo permanente del Pescador mayor.
Además un cosquilleo en la barriga le indicaba que tenía hambre.
Así, en total quietud, permanecieron largo rato. De pronto el Maestro, con vertiginoso vuelo, se lanzó en picada. En un abrir y cerrar de ojos metió su pico en el agua y se elevó para ir a posarse otra vez. El plateado coleteo de una mojarra se apagaba de a poco dentro del largo pico. Después de tragar el pescado hizo un movimiento con la cabeza. El niño entendió el gesto, quería decir: es tu turno.
Había que observar atento. El tiempo transcurría como el agua del arroyo que pasaba delante de sus ojos, pero peces, bien gracias.
- Tengo hambre - dijo el muchacho sin obtener respuesta.
- Me parece que ahí viene uno - volvió a decir sin recibir siquiera un mínimo movimiento de su compañero.
- No hay caso - agregó, a lo que se tornaba un monólogo, ya que no lograba contestación.
La desilusión le iba ganando poco a poco. El hambre aumentaba sin que dejara de pensar cómo su guía lo había hecho tan fácil.
- ¡Ahora sí! - exclamó y se zambulló haciendo todo uno.
- Glub...cof...glub...- alcanzó a gorgotear casi ahogado, mientras la mojarra seguía muy campante su nado.
Con mucho esfuerzo logró aletear para poder salir del agua y volver a la rama con su plumaje empapado.
El Ave Mayor abandonó su estatismo y voló hasta donde estaba posado el niño-pájaro.
- Te mostraste demasiado impaciente. Con tu conversación ahuyentaste el pique. El silencio y la paciencia son los mejores aliados para poder conseguir la presa sin olvidar calcular bien los movimientos. Como ves no es nada fácil ser Martín Pescador.
- Sácame de una duda. ¿Siempre estás en silencio? ¿Nunca cantas?
- Todo a su tiempo. Los Martín Pescador cantamos en primavera cuando nos enamoramos, época de formar pareja y construir nuestros nidos.
- ¿Y tu nido?
- Escondido. Muy escondido. Lejos de la mano del hombre. Si perdemos la libertad, morimos.
Cierta angustia estremeció al pájaro menor.

7
El arroyo ya había quedado atrás y la primera prueba también. El regreso fue para el niño de un andar liviano. Se movía flotando en el espacio habiendo retomado sin darse cuenta su fisonomía normal. Lo que hasta hacía un instante había sido un Martín Pescador adulto, se fue transfigurando, recuperando su anatomía grandulota, con plumaje de todas las especies que lo volvían a mostrar como el Pájaro de los Pájaros.
De pronto, cual movidos a través de un rayo, se encontraban de nuevo en el Paraíso.
El niño creyó que después de su frustrada experiencia de Martín Pescador en la que casi se ahoga, volvería a la normalidad, aunque seguía teniendo un cosquilleo de inquietud por ser pájaro. Tal vez había otro "más fácil" de ser que un Martín Pescador. No solo le cosquilleaba la inquietud sino también la panza porque el hambre iba en aumento.
Estaba el niño en sus cavilaciones cuando oyó que alguien decía: - Nos espera una nueva prueba.
Era el Pájaro Rey que en un santiamén se había empequeñecido. De un tamaño más chiquito que el del Martín Pescador adulto y mucho más chiquito, pero mucho más chiquito que el tamaño que tenía cuando se mostraba como el Pájaro de los Pájaros.
El plumaje no tenía nada que ver con el que había lucido en la experiencia primera. Ahora su pecho era gris, el copete y la garganta negros, las alas y el lomo con distintas tonalidades de marrón y en lo que para el jovencito eran los cachetes, tenía plumas blancas.
Dando saltitos, con nerviosos giros de cabeza y constante movimientos de alas, dijo: - Las cornisas, los plátanos, los sembrados, nos esperan.
Con vuelos cortos pero sin demasiadas interrupciones emprendieron el camino.
El niño notó que él también había vuelto a transformarse. Ahora como un gorrioncito volaba detrás del gorrión mayor hacia la segunda prueba.


8
 Era el atardecer cuando llegaron a su destino. El muchachito reconoció el lugar, habían llegado a su barrio. Los plátanos de la vereda, el viejo caserón de gastados ladrillos, le eran familiares. Todo era una fiesta con el continuo chillar de la gorrionada que revoloteaba en un ir y venir constante.
Un vuelo corto para ir de una rama a otra.  Otro un poco más largo, pero hasta ahí nomás, para detenerse un momento en el pretil, alternando con algún picotazo a algún insecto desprevenido. Al lado, como un eco, se multiplicaban los gorjeos en la arboleda de la plaza.
- Esto es mejor - pensó el niño. - Acá no es necesario estar en silencio para poder comer - a la vez que de un picotón él también capturaba un mosquito que al tragarlo le produjo cierta molestia a una garganta que no estaba acostumbrada a tragar insectos, aunque ahora, aparentemente, fuera la de un gorrión.
Además el hambre era demasiado como para saciarlo apenas con un mosquito raquítico.
En ese trajín el sol se fue apagando y de común acuerdo se hizo el silencio entre el pajarerío.
- Ahora hay que dormir - le dijo el Pájaro de los Pájaros.
- ¿¡Tan temprano!? - alcanzó a exclamar el niño-gorrión mientras un último chistido lo llamó al silencio. No atinó a decir más nada. Entre tanto, observaba como sus padres y el resto del vecindario mateaban e intercambiaban comentarios sentados en la vereda, mientras él se acomodaba para pasar la noche.
9
El día amanecía luminoso. Apenas se insinuaban los primeros rayos del sol, el niño-gorrión, soñoliento, escuchó que su Pájaro Líder le decía: - ¡A volar!
Perezoso, pensó: - ¡Tan temprano! - mientras miraba que todos los gorriones unánimemente, se formaban en bandadas y se hacían a vuelo en distintas direcciones, rompiendo el silencio que de común acuerdo habían guardado a la hora de dormir.
La bandada que integraban él y su guía hizo un vuelo corto hasta un techo cercano. Todos nerviosamente, con movimientos rápidos, picoteando por aquí y por allá, iniciaron el desayuno.
Semillitas y bichitos fueron los primeros alimentos.
La siguiente escala fue una antena de televisión que poco ofrecía para comer. Siguieron hasta un naranjal. Algunos detuvieron su marcha en las ramas cargadas de fruta, otros, entre ellos el niño y su Pájaro Líder, se posaron en la tierra y picoteron de las naranjas que estaban caídas.
"La cosa va mejorando" reflexionó el niño-gorrión. Naranjas estaba acostumbrado a comer, insectos no.
Cuando se disponía a saciar el hambre en base a naranjas, la gorrionada levantó vuelo.
"Una vez que había encontrado algo que me gusta" se comentó desilusionado el muchacho.
Y así le pasó cuando bajaron hasta un gallinero a picotear de las sobras y encontró unas cascaritas de pan duro que le habían resultado un manjar. Tan luego a él que siempre se quejaba cuando el pan no era fresco. Qué difícil se le hacía calmar su apetito de niño hambriento comiendo como un pequeño pajarito, además con tantas interrupciones. Así, de vuelo en vuelo, llegaron hasta el campo donde se esparcía el grano recién trillado.
Se entretuvieron picoteando un rato, compartiendo con algunas bandadas de palomas que atraídas por el fresco alimento habían aterrizado también ahí.
Al niño tampoco le era costumbre comer  trigo pero pensando que de allí salía la harina y que con harina se hacía el pan, más el hambre que lo seguía acosando, no hizo distingos. Todo era cuestión de imaginación.
Ya la bandada se dispersaba. No estaban todos pendientes del grupo. Dos por un lado, tres por el otro, algún gorrión con su gorriona.
"Esta es la mía" pensó el niño. Ahora, con seguridad, tendría todo el tiempo para poder tranquilizar, aunque con trigo, a su hambriento estómago. Faltaba un detalle, él dependía de lo que hiciera el Pájaro de los Pájaros.
No había terminado de percatarse de ello cuando oyó que le decía: - Es hora de darse un baño.
No era mala idea, hacía calor, ya era casi mediodía y muchas las horas de andar de un lado para el otro. Un chapuzón no vendría mal, además el trigo le había provocado sed. Si bien era mañero cada vez que su madre lo mandaba a que se bañara, no tenía pereza para ir a zambullirse en el río y eso sería seguramente lo que harían ahora. Por otra parte no tendría que cambiarse de ropa ni cuidar de no ensuciarse.
De solo pensar ya disfrutaba con la refrescada que se darían en el río, en algún arroyo o en un charco. Seguía atento los movimientos de su guía sin olvidar lo que le había dicho al iniciar la primera experiencia: "Tú deberás hacer lo que yo haga".
Así fue que después de un corto vuelo se encontró, casi sin darse cuenta, revolcándose en la tierra floja, entre lo que para él era un polvaredal que le hacía lagrimear sin poder evitar toser, atragantado por el polvo.
- ¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! ¡Atchís!  ¡Atchís!  ¡Atchís...!
Con cierto gesto pícaro, ya que no era común ver a un gorrión estornudando, el Pájaro de los Pájaros se limitó a decirle: - Acaso ¿ no sabías cómo nos bañamos los gorriones ? Y mucho más lindo es cuando se comparte con una gorriona.
El niño-pájaro que alguna vez había observado gorriones dando volteretas entre la tierra y había pensado que era porque no sabían volar, se dijo: "Como Martín Pescador casi me ahogué en el agua y ahora como gorrión casi me
ahogo entre la tierra".
La segunda prueba concluía. Tampoco ser gorrión era sencillo.

10
El regreso al Paraíso de los Pájaros fue igual al retorno de la primera experiencia. Sin que los demás lo notaran, ellos desaparecían. El Pájaro Rey volvía a su estado normal y el niño también retornaba a su porte habitual. Más allá de sus hasta ahora frustradas experiencias, el pequeño mantenía sus aspiraciones de ser pájaro. Seguía creyendo que debía haber alguna especie "más fácil" o, en el peor de los casos, seguro que todo sería cuestión de acostumbrarse.

11
El niño casi no tenía descanso, no terminaba de vivir una de sus aventuras dentro de la gran aventura, que ya debía estar pronto para la otra.
El  Pájaro de los Pájaros, como en los casos anteriores, fue achicando su cuerpo. Lo fue achicando, achicando, hasta que solo se sintió un zumbido. Un resplandor tornasolado cruzó el espacio. Desde un largo y fino pico, casi en un susurro, se escuchó: - Es hora de visitar los jardines.
El muchachito no tuvo ni tiempo de reaccionar. Fue tan rápido el movimiento de su guía, que tuvo que esforzarse para mover él también, lo más rápido que pudo, sus alas.
 Era hermoso ver el cambio de tonalidades que se producían en el plumaje de su compañero.
Por momentos verde, por momentos gris, en otros luciendo tonos azulados, siempre muy brillantes.
El corazón le latía rápidamente. Con trabajo trataba de acompañar el acelerado aleteo de su Maestro, mientras notaba que él era apenas un pichón de picaflor.

12
Dirigieron su vuelo hasta un florecido jardín. El Maestro moviendo sus alas como hélices que le hacían parecer a un pequeño helicóptero, con un recto desplazamiento, quedó frente a una campanilla de rojo color.
Con un casi invisible movimiento de alas, suspendido en el aire, introdujo su pico en la flor y succionó el dulce néctar.
El niño-pájaro se esmeraba por mover rápido sus alas sintiéndose transpirar. Buscaba decidirse por una de las flores, cuando su compañero ya había saboreado el azucarado jugo de varias de ellas.
 No olvidaba el "Tú deberás hacer lo que yo haga" que le había dicho el Pájaro de los Pájaros cuando le concedió el deseo. En eso estaba sin tampoco querer perder de vista a quién le guiaba. Le era difícil coordinar. Se concentraba intentando dirigir su pico hacia el centro de una de las flores pero no llegaba a lograr su propósito porque su amigo, apenas dejando oír un zumbido, se le perdía de vista.
Por momentos lo descubría por encima de su cabeza, en otros a su espalda y cuando lo reencontraba volvía a perderlo para divisarlo debajo suyo. Todo ocurría en fracción de segundos sin que aún hubiera podido libar una sola vez, contrariamente a su líder que ya estaba embriagado de tanto néctar.
Cómo echaba de menos los granitos de trigo, las migas de pan y hasta los pequeños insectos. Nunca antes había intentado beber en movimiento.
El picaflor mayor se posó en una rama a hacer la digestión.
- ¡Por fin! - pensó el pica-niño o niño-flor o picaflor-niño, no perdiendo de vista a su compañero. Sin demora dirigió su afinado pico hacia la corola y - ¡Humm...qué rico!
- ¡Zum! - fue el único sonido emitido por su amigo grande que, sin dejarlo saborear tranquilo, pasó a su lado echándole vientito.
13
Con un gustito dulzón todavía en su lengua, el niño-pájaro salió detrás de su Maestro.
Se repetía lo de las historias anteriores. El Pájaro de los Pájaros volvía a su enorme tamaño real y él, sin darse cuenta, se encontraba flotando en el espacio recuperando su figura humana.
Ahora se sentía un poco cansado y le pesaban los brazos. Hasta esta experiencia nunca antes había tenido que mover las alas tan de prisa y sin quedarse quieto ni un segundo.
"Sí que es agitada la vida de picaflor " se dijo.

14
Estaban otra vez en el Paraíso de los Pájaros.
Todo hacía suponer que el Pájaro Superior se dispondría a descansar un poco. El jovencito se acariciaba a manera de masaje sus brazos cansados.
Ese cansancio le recordaba frescamente su breve vida de picaflor. Del intenso andar por entre las flores le habían quedado algunas curiosidades que ahora se le agudizaban al ver la actitud pasiva del Maestro.
- ¿Es que estás enojado conmigo? - preguntó con temor, creyendo que la aventura estaba llegando a su fin.
- ¿Por qué? - respondió con otra pregunta el Pájaro de los Pájaros.
- Porque mientras tú y yo fuimos picaflores no me dirigiste la palabra y te movías de un lado para otro como queriendo desprenderte de mí.
- Te diré que los picaflores muy de vez en cuando hacen oír su casi inexistente voz. En cuanto a moverme de un lado para otro es constante por naturaleza. Además debes saber que en la vida más de una vez te la tendrás que arreglar solo, como puedas, sin que nadie te diga nada ni te acompañe.
La explicación le había convencido a medias. Lo tranquilizó que el Líder no estaba enojado con él, que si no le habló antes era nada más que porque se comportaba como un auténtico picaflor. El siempre los había visto solos. Lo dicho ahora por el Pájaro Padre le develaba esa incógnita. Solitarios y casi sin hablar... ¿Cómo nacen los picaflores? - pensó en voz alta.
- Ellos también se enamoran. Forman pareja. Construyen su nido. Ponen sus huevecitos del tamaño de un botón y de allí...vienen los picaflorcitos. ¿O creías que ellos nacían de una planta? Ahora, volviendo a hablar en serio, te diré algo: cuando los sentimientos son sinceros no siempre hacen falta las palabras. Es cuestión de hacerse entender. No siempre el que más conversa es el que mejor hace las cosas. Hay hombres que de palabra son muy buenos pero que en los hechos son todo lo contrario.

15
Lloviznaba. El aire estaba fresco. No le había pasado de encontrarse, de buenas a primeras, convertido en pájaro fuera del Paraíso. Hasta ahora las transformaciones ocurrían en ese lugar. Cada una de ellas, antes de partir hacia la aventura, venían acompañadas por alguna pista que a manera de mensaje en clave le daba el Pájaro de los Pájaros. Después acontecía la transformación y el vuelo. Ahora no. Estaba aún con los ecos de la conversación sobre picaflores, cuando de pronto se encontró parado en una rama, vestido de marrón, mirando caer la llovizna.
16
- Apenas escampe comenzaremos la construcción - dijo el Pájaro Líder.
 El niño lo escuchó y continuó mirando como las gotas repiqueteaban en las hojas. Se respiraba un intenso olor a tierra mojada.
Allí estuvieron aguardando. Poco a poco las gotas fueron más escasas y una nube se vio perforada por un tímido rayo de sol. El pájaro adulto agitó sus alas, voló hasta la orilla de uno de los tantos charcos que se habían formado en la calle de tierra.
El tiempo había mejorado como para comenzar el trabajo. Una vez más el niño-pájaro recordó la frase: "Tú deberás hacer lo que yo haga". Sin dudar también él voló hasta donde estaba su guía.
- Tenemos que comenzar a acarrear barro - dijo el Pájaro de los Pájaros, transformado en hornero mayor, a la vez que de un picotón alzaba la primera dosis de material fresco.
El pequeño hornerillo lo imitó. Picoteó, cargó y ...
-¡Puajjj!. Una lombriz se contoneaba en su pico queriendo escapar.
Volvió a volar tratando de mirar bien, buscando no llevar más que barro. Picó, cargó, voló y ...
- ¡No, no, no! - dijo el Líder llamándole la atención.
El hornero pequeño había ido a depositar su cargamento en una rama diferente a la que el Maestro había elegido.
- La casa la haremos entre los dos - explicó el hornero adulto volando otra vez hasta el charco.
Entendido el mensaje el material se fue depositando en el lugar indicado por el guía.
El Pájaro Mayor dejó su carga e inmediatamente posado sobre la horqueta que formaban las ramas que servían de soporte a la construcción, agitó las alas e hizo oír un estridente canto.
Sucesivamente iba y venía y cada vez que daba un toque a su casa, volvía a cantar.
A todo esto, el pequeño continuaba su ajetreo y en cada una de sus llegadas hasta la rama no cantaba sino que pensaba en lo lento que iba la casa.
Muchas habían sido las idas y venidas. El hornero grande cantaba a cada viaje. El menor concluía en que le ganaba el cansancio y aún faltaba mucho.
"¡Puf! ¡Qué cansancio! " pensó. No lo dijo en voz alta porque seguramente los horneros no decían ¡puf! y por lo visto no se cansaban y si se cansaban no se notaba que se quejaran. Por el contrario se les escuchaba cantar.
En una en que el hornero mayor se disponía a emitir su canto el niño alcanzó a preguntar: - ¿Es que no te cansas nunca?
- El trabajo con gusto no cansa.
- ¿Por qué a cada terroncito que traes cantas, si todavía falta mucho para terminar?
- Es la satisfacción de ver progresar lo que se hace con el esfuerzo propio. Hay que disfrutar el momento.
El niño-hornero observó el pequeño tramo de pared que con tanto sacrificio habían construido. Agitó sus alas, hinchó su pecho y aunque desafinado, orgullosamente intentó cantar.
Lo de desafinar no le llamó la atención porque recordaba los no pocos dolores de cabeza que le daba a la profesora de canto a la hora de entonar.
¿Sería por eso que era la primera vez que como pájaro intentaba hacerlo?

17
El muchachito con sorpresa observó que se disponían a volver. Faltaba mucho aún para concluir con el nido y sin embargo el Pájaro Mayor había hecho gesto de regresar.
- ¿No lo terminaremos? - preguntó el niño.
- No... - comenzó a responder el guía. -



 Sólo quería que tuvieras otra experiencia. Además lo normal es que sea el matrimonio hornero quien haga su nido para cobijar a los pichones. Esto fue solo para que aprendieras un poco más de nosotros los pájaros. Estamos en verano y los horneros comienzan con sus nidos en el otoño para tenerlos listos en la primavera, época de nacimientos.
El niño escuchó con atención. Ya hacía un buen rato que venían de regreso recuperando sus formas naturales. Algo le preocupaba pero no se animaba a decirlo. Reflexionó concluyendo que el Pájaro de los Pájaros había sido bondadoso con él y que sabría entenderlo.
Con cierta angustia comentó: - En unas vacaciones en el campo me traje un nido de hornero para casa.
- ¿Estaba vacío? - preguntó el Pájaro Mayor.
- Sí.
- Entonces no te preocupes. El horno es nada más que para empollar, criar los pichones y cuando los chicos están listos para volar, la familia entera abandona esa casa para siempre.
- ¿Y después en dónde viven?
- Se refugian en cualquier parte. Llegado el momento cada cual hará la suya. Los padres por su lado volverán a construir para esperar la nueva cría. Los hijos grandes con sus parejas por otro lado encararán la experiencia de levantar su propia casa.

18
De pronto la oscuridad ganó el ambiente. El niño se sentía cansado, con un cansancio agradable. Cansancio de mucho andar. formado con la suma de aventuras. Un cansancio como para disfrutar más el reposo.
- He disfrutado - se dijo el niño aprestándose a descansar con su mente envuelta en una nebulosa donde se confundía todo lo vivido hasta ahora.
Acomodó su cuerpo, se revolvió y cuando se disponía a sumergirse en un profundo sueño...
- No, no, no... - alguien le decía. Descubría la luminosidad de dos ojos que le miraban fijamente, resaltando en medio de le negrura que envolvía todo el lugar.
No había dudas, el descanso debería seguir esperando.
19
Procuró ajustar su mirada. Reubicó sus pupilas intentando distinguir con mayor nitidez lo que ocurría a su alrededor. Las sombras le velaban las imágenes aunque seguía detectando, sin confusión alguna, esos dos ojos amarillo brillante que le observaban fijamente.
Quería mantenerse en calma deseando creer que quien le miraba era su maestro. No estaba muy seguro de ello y por eso no podía contener cierto nerviosismo que hacía que su corazón latiera presuroso.
La negrura y esos ojos amarillo intenso lo ponían como delante de un  ser extraordinario, casi fantasmal.
A medida que los observaba notaba que se agrandaban. La imaginación lo llevó rápidamente a pensar si sería uno de esos fantasmas que según  algunos de los cuentos escuchados en sus vacaciones en el campo, "echan fuego por los ojos".
Se fue acostumbrando de a poco y siguió descubriendo aspectos de ese ser que tenía a su frente. Cuando había logrado vencer esa mirada incisiva que no se le quitaba de encima, distinguió dos cuernos que sobresalían de la cabeza dueña de esos redondos ojos.
La figura se le hacía cada vez más fantasmagórica. Un temblor incontrolable ganó todo su cuerpo. Quería evitarlo pero no podía. Intentaba convencerse que era su amigo pero como no le decía nada, lo hacía desconfiar.
"¿Dónde estaré? ¿Qué habrá sido del Paraíso de los Pájaros?" Fueron las preguntas que se planteaba el niño con sensación de estar en un lugar que no podía definir.
- No te asustes que soy yo - por fin escuchó con palabras que provenían desde donde seguían fijos los ojazos amarillos.
Palabras que salían de un pico curvo y puntiagudo del que no se había percatado el niño hasta ese momento. Tampoco había notado que él otra vez tenía plumas y ahora las uñas le habían crecido como garras.

20
Volaban en la oscuridad. El niño recordando aquello de " Tú deberás hacer lo que yo haga".
Era admirable que, pese a la negrura de la noche, el Pájaro Mayor, ahora convertido en búho, se movilizaba igual que si estuviera a plena luz.
El búho menor no sin torpeza, lograba mantener el rumbo procurando no perder de vista a su guía.
- Vamos de cacería - dijo el Maestro.
El muchacho, sin emitir palabra, sólo pensó: - ¿Cómo cazar en semejante oscuridad?
La negrura se hizo más intensa. Las pocas luces del pueblo quedaron atrás. El aleteo llevó a los dos búhos hacia las afueras adonde empezaban los campos. El poste de un alambrado valió para hacer un alto. Esa plataforma le sirvió al búho grande porque el pájaro chico, a duras penas quedó haciendo equilibrio y lo que menos hacía era descansar.

El viento soplaba en la oscuridad que así se magnificaba.
Después de un rato el niño se había adaptado al pedestal donde estaba posado, aunque por momentos le costaba mantener el equilibrio y sentía que le flaqueaban las patas. Cerca suyo, inmutable, estaba el Pájaro Líder.
Mientras intentaba concentrarse en su condición de búho, el niño divagaba, imaginando cuál sería la aventura que lo esperaba.
Estaba en ese divague, sustrayéndose de lo que ocurría a su alrededor, cuando se escuchó: - ¡Schiiist!
- ¡Cruz diablo! - exclamó inconscientemente sorprendido, vuelto a la realidad con un salto que casi lo da contra el piso.
- ¡No seas tonto! ¡ No puedes negar que eres humano! - le rezongó el Pájaro de los Pájaros.
- Parece mentira creer en esas supersticiones. ¿De dónde habrán sacado que nosotros traemos yeta? ¿Por qué siempre pensando en lo peor? Miedo deben tenernos las alimañas pero ¡ustedes!, semejantes grandulones. Bueno, aunque pensándolo bien, hay más de un humano que se diferencia poco de las alimañas. Mmmm... de ustedes mismos se tienen que cuidar, no de nosotros que lo único que intentamos con nuestras armas es sobrevivir. ¿ Qué daño hacemos por dormir de día y vivir de noche? ¿Qué desgracia puede ser para ustedes los humanos que cacemos algún ratón silvestre? ¡Desgracia para el ratón!
- Es que... - fue lo único que alcanzó a articular el niño que temía interrumpir el alegato de su guía, tratando de explicar el por qué de su reacción.
- Ya sé, ya sé...- prosiguió el búho adulto. - Me vas a decir que has escuchado que nuestro chistido es señal de desgracia. Si supieran que cantamos por amor o desafío...- agregó con gesto de resignación.
- ¿Cuál es nuestra culpa de que veamos en la oscuridad y oigamos hasta el más leve sonido?- continuó.
- ¿Cuál de los hombres saben ver lo que tienen que ver y escuchan lo que vale la pena oír? ¿Puedes contestarme? El apuro los lleva a no saber oirse y verse ¡esa sí que es una desgracia! ¡Ah...! nosotros sabemos mirar hacia adelante pero no descuidamos el atrás - prosiguió el Pájaro Maestro girando su cabeza casi en un completo semicírculo sin necesidad de mover el cuerpo. - Entre ustedes hay muchos que se niegan a mirar hacia atrás y es así que continúan cometiendo los mismos errores. Pero ahora basta de filosofía. Tú todavía eres muy novato. De a poco te irás dando cuenta y espero que seas algo distinto. Mmmm... es hora de comer.
La palabra comer revivió en el niño el hambre que hacía rato largo tenía y no había podido apaciguar. El Pájaro de los Pájaros en el mayor silencio giró su cabeza de búho una y otra vez, siempre con la mirada atenta. Casi sin sonido alguno voló en picada y el muchachito sólo alcanzó a escuchar un chillido mientras veía que su maestro engullía un pequeño ratón de campo.
Todo había sido de parte del pájaro adulto en un silencio absoluto.
El hambre  le incitaba a comer  aunque el plato que estaba en juego no le apetecía precisamente. Prefería aguantar antes de comerse un ratón por más búho que él fuera ahora. Sí quería demostrar que podía ser capaz de cazar uno. Todo era cuestión de cálculo. "Es fácil " se dijo, pese a que las sombras lo confundían bastante.
Queriendo demostrar seguridad y destreza en sus movimientos, al mínimo indicio notado entre los pastos, voló y solo alcanzó a sentir un golpe seco y la cabeza que le daba vueltas.
Había calculado mal. El movimiento descubierto fue apenas el de las hojas de una planta silvestre que se hamacaban movidas por el viento. No solo eso, sino que entusiasmado en el afán de capturar la supuesta presa no se percató de una enorme piedra que estaba oculta entre la mata.
A la confusión que le producían las sombras ahora, se le agregaban las secuelas del golpe. Quedó atontado y le costó aclarar la nubosidad de su vista.  Una sola cosa tenía clara aunque no hacía más que ocasionarle otra duda:
¿ Cómo hacían los búhos para ver sin confundirse en la noche?

21
Ahora el búho grande lo observaba desde una rama. El niño pájaro se reincorporó todavía algo atontado. Igual pudo oír el chistido que desde su nueva posición lanzaba su compañero. Con las alas algo doloridas voló hasta el mismo árbol.
- No todo lo que se mueve son ratones - dijo el búho mayor con cierto tono pícaro, haciendo referencia indirectamente al error del niño.
- ¿Cómo puedes ver tan bien en la noche? - preguntó el pequeño.
-  Nuestros ojos ya están acostumbrados, así lo ha querido la naturaleza. Los peces en el agua, nosotros en la noche.
- ¿Por qué no cazan de día? ¿Acaso no es lo mismo? ¿O se esconden porque son ladrones? Ellos también andan de noche.
- Nuestras retinas están hechas para las sombras. Contrariamente a lo que muchos piensan, también vemos de día pero la luz nos encandila y nos quita la seguridad para andar que tenemos por la noche. Además a alguna hora tenemos que descansar.
Con respecto a eso de que los ladrones andan de noche es cierto, sin embargo también a esa hora andan los que vigilan. Y hay otros...que para robar, cualquier hora les viene bien.
- ¿No le tienes miedo a la oscuridad?
- Cuando tenemos la conciencia tranquila no debemos temer a la oscuridad - terminó chistando, a manera de ordenar el regreso. Simultáneamente se oyó un estruendo seguido de un silbido que arrancó a su paso algunas hojas de la rama donde estaban posados. Ladraron unos perros.
- ¡Fuera bicharracos fieros! - gritaron dos muchachones perdiéndose a las risotadas entre la arboleda.
- La noche es hermosa solo que hay que cuidarse de quienes abusan de ella - reflexionó el búho grande.
Aún con la cabeza y alas algo doloridas por el porrazo contra la piedra, más el susto de la bala que había pasado cerca, el pájaro joven inició la vuelta detrás de su guía.
- No hay dudas - se dijo - ser búho tampoco es cosa fácil.

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Con un toque de sobresalto que todavía le acompañaba, el niño emprendió el regreso. Como en todas las ocasiones anteriores fue retomando lentamente su fisonomía humana. Todos los regresos se producían entre nubes de todos los colores, soles, sombras, arcoiris, relámpagos, finas lloviznas. Una diversidad de matices y sensaciones acompañaban el final de cada una de las experiencias.
A esta se le agregaba el susto que todavía le ponía piel de gallina. El hambre y el cansancio le crecían.
"Ya que no como, voy a ver si duermo" se propuso el muchachito sin saber que esto no terminaba aquí.

23
La mutación fue rápida. No se dio ese intervalo que se había dado entre cada una de las experiencias anteriores en que el niño volvía a ser niño por un rato y el Pájaro Mayor retomaba su fisonomía de Pájaro de los Pájaros.
Éste, en una fracción de segundos, del búho que había sido pasó a tener el plumaje diverso que resumía a todas las especies. Un pestañeo apenas y el niño notó que a su lado tenía a un ave de color azul oscuro casi negro. De largas alas y cola también larga pero como cortada al medio, de pequeño pico y cuerpo un poco más grande que un gorrión.
- Se acerca la hora de partir - dijo el pájaro azul.
"¿Partir? ¿A dónde? " se preguntó el niño que a esa altura ya había dejado su figura humana para parecerse bastante al otro pájaro aunque con plumaje de azul menos intenso.
No hubo respuesta. Sólo la oportunidad de un breve descanso posándose en una delgada rama. Fue apenas la posibilidad fugaz de tomarse un respiro. Se hamacaron unos instantes en la fina rama que se agitaba movida por el suave viento. Y otra vez a volar. El vuelo los llevó a reunirse con otras aves similares que revoloteaban sobre los techos de unos caserones abandonados. El jolgorio era grande, lo que en su idioma significaba una intensa conversación. Una conversación donde se programaba algo. Ya casi caía la tarde.
El muchachito, como cuando fue gorrión, reconocía el lugar. Notaba que andaba revoloteando por lugares que no le eran ajenos. Eso le daba algo de tranquilidad. Presentía que estaba cerca de su casa. Se hallaba ensimismado en esos redes-cubrimientos cuando la voz de su pájaro guía lo volvió a la realidad.
- Prepárate, la travesía será larga.
- ¿Travesía? ¿Larga? Estoy cansado y tengo hambre.
Ahí nomás está mi casa.
- Cuando nos encontramos la primera vez querías ser pájaro - escuchó decir el niño sin decir palabra.
- También nosotros nos cansamos y sentimos hambre pero, acaso ¿hay que quedarse de alas cruzadas?
El compromiso era grande pero aceptaría el desafío. No daba lugar a discusiones.
De buenas a primeras alguien dio la orden y el muchacho no tuvo otro remedio que poner en práctica aquello de "Tú tendrás que hacer lo que yo haga".
Se encontró entre la bandada azul que salpicaba el cielo que de un celeste intenso, poco a poco se debilitaba oscureciéndose, con algo de rubor, que le ponía el crepúsculo a la tarde ya entre dos luces.


24
Había comenzado el viaje. ¿Sería uno más como los otros?
La llegada de la oscuridad no lo sorprendía. Recordaba que con las primeras sombras había iniciado su aventura de gorrión. Sus emociones más recientes habían sido de noche, haciendo vida de búho.
La numerosa bandada mostraba distintas formaciones siempre llevadas por un ave guía. El Maestro era un ave más entre todas. Pronto le fue difícil distinguir quiénes iban a su lado. El día para el niño ya era recuerdo, la falta de luz le hacía confundir el azulnegro del plumaje con el espacio. Volaban no a mucha altura. El pequeño poblado había quedado atrás, cada tanto se podían ver algunas luces que se iban encendiendo en las casas del campo. No tenía idea de cuánto tiempo hacía que estaban volando.
- Aquí  estoy - escuchó el pájaro-niño. Era su amigo que aleteaba detrás suyo. - Cuando quieras puedes comer - le agregó.
Querer, quería. Era lo que deseaba desde hacía no se sabe cuánto tiempo. Pero qué comer y cómo, si no había indicio alguno de que la marcha fuera a detenerse. Si se detenía solo, ¿qué sería de él?
¿Era el único que sentía hambre? Tal vez los hambrientos se habían rezagado para comer y él no lo había notado. Lo peor era que parecía que su amigo no tenía apetito. Entre tanta oscuridad algo permanecía claro: prefería no comer a perderse. Su estómago tendría que seguir esperando hasta que el de su pájaro compañero se le ocurriera.


25
Las interrogantes lo agobiaban mientras la marcha seguía.
En un momento dado tomó coraje y le preguntó al Pájaro Mayor:
- ¿No tienes hambre?
- No. Yo ya comí.
- ¿Cuándo?
- Todo este rato que hemos venido volando.
El niño no entendía nada.
- Me he dado un festín de mosquitos y maripositas... ¡mmm... de rechupete!
Mosquitos y maripositas no eran precisamente sus comidas predilectas. Ya lo había intentado antes con muy poco éxito, pero ahora eran tantas las ganas de comer que si pudiera volvería a intentarlo. Pero ¿cómo?
La respuesta no demoró en llegar.
- Las golondrinas nos alimentamos en pleno vuelo. También sin detener el vuelo nos refrescamos y tomamos agua.
Ahora empezaba a entender. ¡Con razón nadie se había detenido!
Es seguro que toda la bandada, a excepción de él, no sentía hambre. Por su parte no tendría más remedio que aguantarlo un poco más, si quisiera intentarlo, ¿ cómo hacerlo de esa manera? Él, que normalmente apenas si conseguía matar algún mosquito, no sin antes pegarse varios cachetazos cuando le zumbaba en el oído. También se acordaba cuando siendo gorrión se tragó uno.
Poder comer le seguía resultando difícil, por lo tanto trataría de cambiar de tema buscando distraerse.

                   26
Otra pregunta se le ocurría. Estaban aún en verano y sin embargo las golondrinas se iban. ¿ A dónde?
- ¿Nos vamos lejos? - preguntó.
- Y... sí -le contestó su guía.
- Pero ¿no es que a las golondrinas les gusta el calor?
- Y... sí, por eso nos vamos.
- Pero si todavía estamos en verano - afirmó preocupado el niño, creyendo que la bandada había confundido el almanaque.
Era cierto que habían habido algunos días de lluvia que pusieron algo de fresco, pero no era como para que por eso huyeran. Además la temperatura venía en aumento, anuncio real de que el verano estaba.
- ¿Por qué nos vamos?
- Para buscar  un clima más templado. El verano ya está próximo a su fin y... ese es el detalle. A las golondrinas no nos gusta el frío. Es por eso que tomamos las previsiones. No podemos esperar a último momento. Nuestra vida es volar hacia la primavera que siempre en algún lugar está empezando.

27
Aparentemente habían andado muchísimo. El niño-golondrina no recordaba casi nada del viaje. Solo el comienzo, el por qué se iban y la anécdota de la comida. Todo había sucedido muy rápido. Cuando reaccionó se encontraba en un lugar totalmente desconocido. El clima era templado, por demás agradable. Las golondrinas revoloteaban en el cielo de una aldea. Todo reverdecía. Los durazneros y ciruelos florecían. El sol brillaba límpido. El río invitaba al chapuzón. El alboroto de la bandada era tremendo. El ir y venir rayando de azul era constante. Pajas, ramitas y mucho barro se acarreaban en los picos hasta los pretiles o hasta dentro de los agujeros que quedaban más altos en las paredes de gastados ladrillos. No faltó el casal que prefirió el viejo campanario para construir su nido. Todo resplandecía. Todo renacía. No había dudas, era la primavera que en algún lugar estaba empezando. Era una invitación a la vida. Pero ¿ cuál era ese lugar?  Con seguridad estaba a mucha distancia de su pueblo, de su barrio, de su casa. Eso pensaba el niño-golondrina posado en una fina rama de un joven naranjo vestido de azahares. Observaba el trajín mientras notaba que una lágrima humedecía el suave plumón de su mejilla.

28
Se disfrutaba la calma de la aldea. Una calma sanamente quebrada por el chillar de golondrinas y gorriones. O por las palomas que bajaban a picotear y con estruendo de alas, en corto vuelo, se hacían otra vez a las alturas alborotadas por algún chiquilín que pasaba en su bicicleta haciendo el desparramo. La gente andaba más alegre. La plaza se mostraba en todo su esplendor, los árboles con toda su gama de verdes y los jardines abarrotados de flores.
"Todo está hermoso pero la gente no es mi gente y la plaza no es mi plaza" se dijo el niño-pájaro, que con ligero movimiento de ala se resfregaba queriendo secar otra gotita que al correr le hacía cosquillas en su cachete.


29
 El "Pájaro de los Pájaros" como golondrina mayor, después de haber andado él también revoloteando un poco, fue a detenerse al lado de su amigo niño.
El pájaro joven había estado tan metido en sus pensamientos que casi había olvidado a su guía. Al verlo no pudo disimular su alegría e hizo una mueca que entre los humanos podía asemejarse a una sonrisa. No pudo evitar demostrar que ésta no era plena. Alegría sí, por el reencuentro, pero que no alcanzaba porque sufría de otras ausencias.
- Has estado llorando - dijo el Pájaro Mayor. - No, no te avergüences - se apresuró a sugerir, al ver que el niño tímidamente reclinaba su cabeza. - Es cosa buena ¿sabes? Señal de que no estás vacío. No hay por qué avergonzarse si los sentimientos son nobles, vergüenza hay que sentir por otras cosas. Estas lágrimas te han enseñado a valorar. Hay veces que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que no corremos el riesgo de perderlo. Creíste que no volverías a tu plaza y no verías más a tu gente y eso te puso triste. ¿ Crees que debes sentir  rubor por  ello?
Has tenido la valentía de probar. Enfrentaste todas estas aventuras con entereza, con la audacia necesaria y también con los temores que no pueden estar ajenos. Si no fuera así nada tendría valor. Nos daría lo mismo una cosa que otra. Querías ser pájaro y lo has intentado. Tal vez todo esto, además de la aventura, te enseñe que hay veces que tendrás que imitar para lograr tus objetivos, al paciente y discreto Martín Pescador, al vivaz Gorrión, al incansable Picaflor, al laborioso Hornero y al maltratado Búho. ¿Sabes una cosa?, si quieres puedes hacerlo. Nosotros los pájaros tenemos cada uno asignada su misión y nuestra única pretensión es poder cumplirla bien. Ustedes los humanos tienen la suya y para bien cumplirla poseen algo que nosotros no tenemos, razonamiento, aunque no siempre lo usan como es debido. Y... que no nos escuche nadie... pero... algunos parece que ni siquiera lo tuvieran... Si nos observaran un poco más a nosotros, modestia aparte, tal vez las cosas marcharían mejor. Cada cual debe asumir su rol y tratar de cumplirlo de la mejor manera siendo consciente de que siempre hay algo más por aprender.
El Pájaro Mayor hizo una pausa y agregó: - Es hora de despedirnos.
No te olvides que tienes una riqueza invalorable, la imaginación. Ella te dará, cuantas veces quiera, las alas para que puedas volar cualquiera sea la edad que tengas.
El niño escuchaba con atención. No había querido interrumpir. Aprovechó la pausa para preguntar: - ¿De las golondrinas no podemos tomar ninguna enseñanza?
- Sí.  No olvides, sobre todo en los peores momentos, que en algún lugar la primavera siempre está empezando y que cuando la necesites es cuestión de salir a buscarla.
30
El griterío llenaba la tarde.
- ¡Pasala! ¡Pasala!
- ¡No seas comilón!
- ¡Ta´fuera! ¡Ta´fuera! ¡Así no vale!
El niño reconoció la dureza del piso. Sintió un cosquilleo en sus mejillas. Resfregó con las dos manos sus ojos y mientras enjugaba los húmedos restos de dos lágrimas, volvía a la realidad.
Él se había acostado en la cama pero se despertó en el suelo. ¿Ese habrá sido el golpe de cuando siendo búho se chocó la piedra? ¿Y las lágrimas? Se acordaba cuando posado en la rama del naranjo observaba la plaza que no era la suya y la gente que no era su gente. ¡Qué lindo sueño! ¡Así sí que valía la pena dormir la siesta! ¡Qué aventura y qué hambre!
- ¡GOOOL! - se escuchó gritar afuera.
- ¡Huuu...! ¡Los gurises en el campito! - se dijo enderezándose rápidamente. Se fue a la cocina. En un santiamén se preparó un vaso de leche. En un santiamén más grande se lo bebió y salió corriendo para el campito.
Ya hacía un rato que la lluvia había cesado.
El olor a tierra mojada perfumaba el aire.
Los pájaros cantaban revoloteando en las ramas.
En la carrera reconoció a un gorrión que chillaba alborotado saludándolo.
Una bandada cruzaba el cielo de la tardecita.
"Golondrinas no pueden ser " pensó el niño con cierto aire de sabiduría. " El verano está por terminar así que ya se tienen que haber ido" concluyó.
Cada cosa estaba en su lugar aunque le parecía que todo tenía un mejor sabor. Sentía que todo lucía más lindo.
Las nubes se abrían y el sol todavía veraniego, demorando su partida, mostraba su sonrisa en forma de arco iris.











El Detective Almendros (2)

Publicado en el semanario 7n, el miércoles 25 de setiembre de 2013.