martes, 11 de octubre de 2011

Memorias desde mi tablero


"El curioso caso del Diploma inesperado"

   Adosado a una pared , ya envejecido por el irrecuperable paso del tiempo, me trae lejanos recuerdos de lo que me costó conseguirlo: el viejo Diploma de la desaparecida Escuela Panamericana de Arte sigue en el marco que le compré hace más de 30 años, pero que lo protege de más deterioro.
  Era muy difícil por no decir imposible estudiar dibujo en mi juventud, porque yo vivía en un pueblo del interior del país y en la capital, salvo la eterna Continental School no tenían nada que me satisfaciera. 
  Desde mis diez años había enviado cupones a cuanta escuela por correspondencia aparecía en las revistas. Tuve muchos y coloridos folletos que me presagiaban un futuro de fama y fortuna y me mostraban hermosos dibujos realizados por verdaderos profesionales, pero los costos eran inalcanzables para nuestra economía familiar, además de la negativa contundente de mi padre que me señalaba otras profesiones más lucrativas y afín al vivir de nuestro pueblo: bancario, por ejemplo. Así que fue lo que estudié, junto con dactilografía, inglés y magisterio, ya que habían comenzado con un curso piloto y necesitaban maestros.
  Pero lo que más me  inquietó fue cuando me llegó el folleto de los “12 Famosos Artistas” de la Escuela Panamericana de Arte. Allí estaba lo mejor de lo mejor en dibujo de aquella época: Breccia, Pratt, Mottini, Dominguez, Roume, Borisoff, Albístur, Vieytes, Pereyra, Freixas, Menna, Bayón, dibujantes e ilustradores que veía en las revistas que coleccionaba y que demostraban que no eran improvisados. Me decidí a estudiar su curso, costara lo que costara.  
  Así tuve que esperar a terminar el secundario, emplearme como administrativo para poder pagarme las cuotas que costaba el curso por correspondencia. Pero solo podía estudiar de noche, así que robándole horas al sueño, intenté entender lo que me explicaban aquellas hermosas lecciones.
Otro problema que se me planteó fue el conseguir los materiales, tanto el papel como la tinta china que en mi pueblo no tenían, y que como la Escuela vendía, hube de comprarles el material, además del libro de “El dibujo a través de 150 Famosos Artistas” y  el de “Hugo Pratt”, editados por la Escuela y haciendo un esfuerzo a mi ya paupérrima economía. Pero qué inmensa satisfacción me deparó aquellas lecturas y ver los dibujos de tantos y tan excelentes dibujantes. Me inspiraba a continuar estudiando en soledad.
  Para mi desgracia hubo un paro de correos que me hizo perder tiempo y el estudio se prolongó por 3 años, hasta que recibí el carné de calificaciones. Todas con 10 y una invitación a continuar Humorismo, pues según los profesores que vieron mis trabajos, yo tenía esa facilidad.
  Pero aun me faltaba algo: el Diploma, certificando los estudios realizados. Como el tiempo pasaba y no me llegaba, envié carta, lo que me contestaron que como yo aun debía cuotas, no me lo mandarían, pero sí podía comprarlo por una suma, lo que me humilló y desalentó, ya que consideré que me estaban estafando.
Junté todos los comprobantes de los giros y envié el listado a la Administración de la Escuela para que cotejaran mis pagos. En esos años los meses pasaban y había que hacerse de paciencia y esperar, no cabía otra cosa, así que esperé deseando que se aclarara el entuerto. 
  Al fin me llegó una escueta misiva, pidiéndome disculpas ya que habían constatado que todo estaba pago de mi parte y que en breve lapso me llegaría el Diploma, pero que debía abonar una suma más por el mismo, porque era una nueva imposición de la Administración. Salté como un elástico al verme otra vez herido en mi buena fe y volví a enviarles una larga carta recordándoles que cuando me había inscripto, en el folleto no decía nada de que el Diploma se cobrara. 
  Ya me habían aumentado las cuotas por razones del costo de vida (¿), que pagué sin regañar al igual que los distintos útiles que les había comprado, se encarecían mes a mes. Y mi sueldito no daba para absorber tantos aumentos. Invoqué el nombre de los Famosos, si ellos estaban enterados de lo que hacían con los alumnos del exterior…En fin, me salió la tanada y les envié frondosa e irritante carta. Muchos días pasaron sin ninguna señal, pero por fin, una mañana el cartero me entregó un sobre con el dichoso Diploma. ---_”Bueno, me dije, no todo está perdido, habían recapacitado y yo completado mi curso.”
  Al año siguiente fui a Buenos Aires y me presenté en la Escuela, pero ya no estaban los profesores más importantes, los que yo más admiraba. Igual me atendieron muy amablemente Guillermo Dowbley y otro señor que tenía una agencia publicitaria y que me dio una tarjeta recomendándome a Adolfo Mazzone –ex profesor fundador- que editaba una cantidad de revistas humorísticas con sus personajes y que me empezó a publicar mis primeros chistes. 
  Después Eduardo Ferro me dio cabida en la última etapa de Patoruzito. Y me fui a vivir al barrio de Pompeya, pero el ambiente político no era el mejor y era muy difícil conseguir publicar algo lo suficiente como para subsistir de la profesión, así que me vine para Montevideo y casi enseguida entré al diario El Día, donde además de mi carpeta con dibujos, hube de presentar el Diploma como justificación de haber cursado dibujo.
  Años después me sirvió para completar mi currícula en la Intendencia Municipal, donde me tomaron para la Sección Arte del Departamento de Prensa y Propaganda, y de allí me jubilé luego de 33 años. Por eso el Diploma está tan envejecido. El tiempo pasa y no solo para nosotros.

2 comentarios:

Martha Barnes dijo...

Tu historia es conmovedora,¡cuánto andar por un título que no creas que te dio el trabajo,porque éso lo conseguiste con tu calidad de artista!Saludos.MArtha

Diego Jourdan dijo...

Es verdad, parafraseando a Fontanarrosa, no hay diploma de dibujante, como no lo hay de futbolista, hay que entrar a la cancha y ponerse a jugar :-)