sábado, 8 de diciembre de 2012

Uno de mis más queridos personajes

Tatucito
He creado y dibujado muchos y variados personajes, pero este en especial, me trae nostálgicos recuerdos. Primero porque yo fuí un niño que vivió en plena campaña, muy lejos de la ciudad, y para concurrir a la escuela, debía montar a caballo, previa levantada a las 6 de la mañana. 
Luego de tomar el desayuno que me preparaba mi madre, acompañaba a mi padre a buscar el caballo que teníamos en un campo cercano (en un potrero alquilado), y después que mi padre le ponía la montura y los demás avíos, ya que para mi edad ( 7 años) eran muy pesados, me ayudaba a montarlo. Le había acortado los estribos para que mis piés calzaran justos.
En el comienzo de las clases, a mediados de marzo, las mañanas eran tibias y entre el gorjear de los pájaros que ya formaban concierto, me iba al trotecito rumbo a la ciudad. El camino era de tierra aplanada y debía ir por los bordes, donde estaba más seguro por si alguien pasaba en auto o al galope y me llevara puesto, aunque a esa hora no había nadie por los caminos. 
Tenía muchos repechos con sus bajadas, pero a medida que me acercaba al pueblo, el camino mejoraba y se allanaba, haciendo más suave la marcha. 
Así llegaba hasta la casa de mis abuelos maternos, donde uno de mis tíos, me ayudaba a bajar y se encargaba del caballo. De allí salía corriendo para la escuela que quedaba como a tres kilómetros, dentro del poblado. Como la maestra ya estaba avisada que yo siempre llegaba tarde, no me sermoneaba y me daba un rápido repaso de lo dado hasta ese momento.
El problema era en tiempos de invierno, con los campos blancos por las heladas y como en esa época era de uso el pantalón corto y las medias blancas a media pierna, el frío me calaba y hacía temblar y se le veía el humo del aliento que exhalaba el blanco caballo de largas crines que tenía y al que le llamábamos "Tordillo" simplemente.
Cuando volvía de la escuela, volaba a casa de mis abuelos, comía algo frugal porque el viaje era largo y no debía llenar la panza. 
Mi tío ya tenía pronto el Tordillo, me ayudaba a montar y partía de vuelta a mi casa, con la cartera de cuero en bandolera, con mis cuadernos y el libro de lecturas dentro.
Como ya era mediodía, el sol calentaba y me daba por galopar -aunque me lo tenían prohibido- pero eso me embriagaba de una sensación placentera con el viento fresco en mi cara y la túnica blanca, agarrada de un solo botón hacía las veces de capa y yo soñaba que era uno de esos personajes que leía en las revistas de historietas.
Una mañana que fuímos con mi padre a buscar el Tordillo, me adelanté por entre unos árboles achaparrados y tal fue mi susto cuando ví como una víbora se desprendía de las ramas frente a mí.
Con un palo que tomó de algún lado, mi padre dio pronta cuenta de aquél reptil, había muchos y venenosos en aquellos campos y no nos podíamos descuidar porque su picadura era mortal.
Desde ese día fuí siempre detrás de mi padre.
Toda esta introducción era para justificar a Tatucito, el niño campesino que publique por años en "El Día de los Niños", muchas de sus historias fueron vividas por mí previamente. 
Aunque primero lo dibujé para el suplemento "Pilán" que sacaba el diario La Mañana, y al que había denominado"Gauchito" y tenía otro diseño que con el tiempo lo fui estilizando hasta llegar al definitivo de este personaje.




 











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