domingo, 26 de agosto de 2012

Memorias desde mi caballete



 Mi pasión por pintar
                                                    Como ya comenté en un post anterior, mi pasión por pintar corría junto al del dibujo que en aquellos años estudiaba en La Escuela Panamericana de Arte sus cursos por correspondencia (década de 1960). 
 Junto a dos amigos de mi infancia: Ramón Alvarez y Alfredo Della Santa, intercambiábamos información sobre los grandes pintores, sus obras, sus técnicas y así nos nutríamos del arte, hurgando en la vieja biblioteca del pueblo y comprando, cuando se podía, “La Pinacoteca de los Genios” que nos ponía delante de nuestros ojos, el colorido y la belleza de los cuadros de los grandes maestros.  
Eso nos incentivaba a pintar. En los ratos libres, los fines de semana, o de noche, alumbrado con  pálidas lámparas (lo que era contraproducente porque nos cambiaba el color) pintábamos y soñábamos en exponer algún día. Pero ¿dónde? Si en nuestro alejado pueblo no teníamos una galería ni un local que vendiera cuadros. 
¡Entonces se nos ocurrió algo! Buscaríamos un lugar y haríamos una exposición. Fuímos a hablar con el director del Liceo, ya que sabíamos que tenía como hobby la pintura y le planteamos la idea: una expo al fin de los cursos para que no interfiriera con las clases y por supuesto contábamos con sus cuadros para engalanar la muestra.
Aceptó inmediatamente porque los tres lo habíamos tenido de maestro y profesor en la Primaria y Secundaria y sabía quiénes éramos.
Entonces nos abocamos a preparar más pinturas, porque a pesar que todos teníamos cuadros pintados, nos parecía que debíamos dar más para la primera EXPO.
Lo primero que pinté fue mi caballo -el modelo estaba frente a mí -, ya que lo tenía en mi casa y aprovechando una foto de una laguna, la utilicé como fondo. Mi cuadro mostraba al caballo cruzando una laguna poco profunda, chapaleando agua. Como no tenía tela, lo pinté sobre cartón al que preparé con una imprimación. 
Uno de mis amigos, Alfredo, cuyo padre tenía un taller, hacía sus propios bastidores y telas, por lo que, pagándole unos pocos pesos por el material, me hizo tres cuadros, uno de los cuales lo empleé en pintar a mi madre. 
Todavía la recuerdo, adormeciéndose y preguntando si faltaba mucho, porque tenía que hacer las cosas de la casa. Cuando lo vio terminado no quedó muy satisfecha. Me dijo que no se le parecía, aunque yo creo que sí y hoy siento mucho que no lo tenga, porque cuando hice la imprimación para la tela, usé mucha cola de pescado que cuando se secó,  torció el bastidor porque la madera era de sauce sin haberse completado su secado y no resistió la tensión. No pude exponerlo y al final quedó en un galpón contra la pared.

Un accidente arenoso
                                                    Pero el caso más sonado (y que recuerdo con mucha bronca por lo perdido) fue cuando fui a pintar un paisaje directamente del natural. En los alrededores de mi pueblo, por aquellos años cuando todavía los silos de las multinacionales y las cerveceras no se habían instalados, había muchos lugares casi salvajes con mucha vegetación junto al río Uruguay, y la flora se veía al lado de los caminos, junto a hermosos y canoros pájaros. 
Daba ganas de pintarlo todo. Un sábado por la tarde, junto a mi amigo Della Santa, con nuestros pinceles, pomos de óleos y demás implementos, salimos rumbo al campo. Yo en mi bicicleta y él en su motito.
Nos metimos en un campo, cerca de una laguna, desde donde se veía el río a la distancia. La tarde muy soleada con blancas nubes que pasaban lentamente daba una completa composición para hacer un buen cuadro, así que ni lerdos ni perezosos, cada quién se puso a la tarea. Había que pintar rápido, a “la prima” porque todavía las tardes eran de poca luz y en pocas horas, oscurecería. 
El resultado de mi pintura me satisfizo porque logré lo que buscaba: un paisaje con árboles, el cielo con algunas nubes y a la distancia el río, que brillaba con el reflejo del sol. Así que esperé que mi amigo diera los últimos toques a su cuadro y juntando todo, monté en la bicicleta y rumbeamos para el pueblo.
Allá todas las calles eran de tierra, y en algunos lugares para tapar pozos, habían volcado arena de la playa y como yo llevaba mi cuadro colgando al costado de la bicicleta, los rayos de la rueda trasera volaban la arena del camino que iba directo a pegarse a la pintura fresca.
Sólo al llegar a mi casa me dí cuenta que estaba todo estropeado mi pequeña obra de arte, así que no tuve más remedio que tirarla porque ya no servía par nada, solo el bastidor que lo utilicé para aplicarle otro lienzo y volver a pintar otro motivo. Los temas con paisajes los volví a pintar muchos años después tomando todas las providencias. Como vivo en la capital, cada vez que viajo a mi ciudad tomo fotos que luego las uso como modelos para mis cuadros. Así estoy seguro que la arena no me perjudicará más ningún cuadro. Pero ahora el dibujo de historietas y las ilustraciones no me permiten dedicarme a la pintura que para mí, resulta un remanso de paz. Es inenarrable la sensación de plenitud que da pintar envuelto en una buena música.

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